(Artículo manierista a mayor gloria de Casto Escópico&Frank Lasecca,maestros)
No tengo ni la más remota idea del momento en el que alguien llega por fin a conocerse a sí mismo. Nunca dejamos de sorprendernos. Si tú, hábil lector o inteligente lectora, piensas que ya sabes exactamente quién y cómo eres, qué te gusta y qué detestas, cuál es tu punto fuerte y cuántos tienes débiles, a ojos cerrados apuesto a que estás profundamente equivocado.
Lo digo porque últimamente estoy experimentando, en abotargada soledad, una experiencia romántico-platónica-televisiva que me supera grandemente. Y no, no hablo de los ineptos comentarios futbolísticos de Míchel durante la pasada Eurocopa desarrollada con argumento de thriller barato. A veces lo pienso y me parece mucho peor, incluso: estoy arrebatadamente enamorado de la presentadora del programa Aquí hay tomate.
En serio.
¿Qué fue de mis sueños con musas de artistas atormentados? ¿Qué de mi pasión por las desgraciadas bellezas de celuloide que palmaron trágicamente? ¿Las Marianne Faithfull, Sharon Tate, Gwen Stacy acaso nunca volverán a inspirarme? ¿Es éste un nuevo síntoma de mi progresiva decadencia personal?
Bueno, a lo mejor no es para tanto. Carmen Alcaide, es el terrenal nombre al que mi nuevo amor televisivo responde. Además de tener un apellido tan, digamos, malrollero, nació y vivió durante la mayor parte de su vida en la misma ciudad por la que yo arrastro mis huesos a diario. Todo comenzó cuando mi aire acondicionado se estropeó, por supuesto, en los primeros compases de la tiránica ola de calor que acabamos de sufrir. El bochorno que reinaba a las tres y media de la tarde me impedía practicar mi deporte favorito, la siesta mediterránea, y acabé condenado a un penoso zapping de sobremesa. Y, entonces, apareció ella. Gamberra, cruel, frívola, pijita indisimulada, desinhibida con frescura gracias, en gran parte, a su compañero de programa que, como buen homosexual, le hace relajarse al ser inofensivo. El único punto en común con mis antiguos amores es que está un rato buena, la verdad.
El calor ha disminuido poco a poco, el aire acondicionado vuelve a funcionar al máximo rendimiento, y mi tradicional siesta luce una tremenda cornamenta. Y lo peor de todo es que me estoy enterando de enormes chorradas que no me interesan y que, en cambio, van ocupando sitio en mi limitada memoria. La mujer del torero border-liner de Ubrique, qué pena da, la pobre, con lo buena chica que parece y no la dejan vivir. Carmen Alcaide la humilla sin compasión, tocándose con los dedos su melena azabache, condenadamente graciosa y acabando casi siempre con un gesto payasete en su cara, que me hace reír y que, tampoco pasa nada, pero no es demasiado común en el universo femenino.
Carmen Alcaide yo te quiero, se me cae la baba contigo, me da mucha vergüenza y lo escribo precisamente por eso, por lo que decía Michel Focault, no importa si no sabes quién fue, lo bueno es que afirmó que uno escribe sobre aquello que no se atreve a contarle a nadie. Desde el universo más casposo de la sociedad he encontrado un nuevo amor, nunca me lo hubiera imaginado, y hace poco me enteré que la chica está casada. No sé si su marido será un alma bondadosa o un miserable canalla advenedizo, sólo sé que le odio y que, desde luego, tiene que pasárselo realmente bien. Yo, por mi parte, al menos he encontrado un nuevo abanico de temas de conversación para la próxima pija mona a la que me acerque sigilosamente.