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SITGES 2013: 46ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña - especial de cine
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SITGES 2013: 46ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña

SITGES 2013: 46ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña

Del 11 al 20 de octubre

Un artículo de Diego Salgado || 11 / 10 / 2013
Etiquetas: Sitges / Festivales /

Nota: Crónica relatada de última a primera jornada

PALMARÉS Y CRÓNICA DEL SÁBADO, 19 DE OCTUBRE


El jurado de la 46ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, integrado por formado por Fede Álvarez, Aina Clotet, Christian Hallman, Marcelo Panozzo y Miguel Ángel Viva, ha concedido el premio a la mejor película del certamen la tragicomedia negra del holandés Alex van Warmerdam Borgman; recordemos que van Warmerdam ha sido homenajeado por el conjunto de su carrera en esta misma edición del festival de Sitges.

El Premio Especial del Jurado ha sido para Only Lovers Left Alive, cinta vampírica de Jim Jarmusch; el galardón a la mejor dirección, para los israelíes Navot Papushado y Aharon Keshales por la ácida intriga Big Bad Wolves; el premio al mejor guión para la película de ciencia ficción doméstica Coherence; los premios a los mejores efectos especiales y la mejor fotografía han sido respectivamente para Afflicted (cinta también de vampiros, aunque en formato found footage) y para Larry Simith por Only God Forgives (de Nicholas Winding Refn, con Ryan Gosling); y los premios a las mejores interpretaciones han recaído en Juno Temple (mejor actriz por Magic Magic) y Andy Lau (mejor actor por Blind Detective).

Esto, en lo concerniente a la sección oficial. En otros apartados, también han sido destacados títulos como Jodorowsky’s Dune, de Frank Pavich; The Congress, de Ari Folman; Upstream Color, de Shane Carruth; Gente en Sitios, de Juan Cavestany; Escape from Tomorrow, de Randy Moore; o Frankenstein’s Army, de Richard Raaphorst. Podéis consultar el palmarés completo por aquí.

Nuestra opinión personal es que se ha tratado de una edición de Sitges mediocre, caracterizada debido a los recortes por la sumisión absoluta al público. Lo que ha marcado la selección de determinados títulos, el ostracismo en la programación de otros, el descuido a la hora de seleccionar fantástico de interés, y un desprecio a la prensa que ha llenado de tensión la edición, salvo para los “estómagos agradecidos”.

Así las cosas, resulta muy difícil deducir de la programación nuevos rumbos para el fantástico, tendencias o vislumbres de un futuro para el género, que cada vez pinta menos en un festival con vergüenza de sí mismo y con hechuras cada vez más evidentes de simple muestra. En todo caso, sí puede señalarse el regreso del vampirismo como argumento, la disolución de argumentos y formas en torno a lo que llamamos real y nuestra relación con las imágenes, y un creciente rigor en el tratamiento de géneros como la ciencia ficción.

Concluiremos pues nuestro repaso a la programación de Sitges 2013 glosando películas vistas en los últimos momentos y que han disfrutado de premios. Aunque sea, como en el caso de Borgman (Sección Oficial a Concurso), historia de un misterioso vagabundo que pone patas arriba una familia burguesa, para manifestar nuestra incomprensión; pues nos hallamos ante un relato vampírico/diabólico que, tras unos primeros minutos excelentes, aspira a ser un ejercicio de epatar a la burguesía en la línea de Teorema (1968) o el cine de Michael Haneke, más propio de festivales como Valladolid que de Sitges.

No podemos escribir nada sobre Only Lovers Left Alive porque, gracias a los aciertos de la organización, nos fue imposible verla. Pero otra cinta premiada, Big Bad Wolves, tampoco acaba de apurar todas sus posibilidades. Gira en torno a un policía y un padre angustiado que secuestran y torturan a un infeliz al que acusan de haber asesinado a varias niñas (argumento similar al de la próxima Prisioneros y al de Les 7 jours du talion, programada en Sitges 2010). En el caso de Big Bad Wolves, nos hallamos menos ante un thriller moral que ante una sátira sociológica sobre los israelíes, que, pese a sus múltiples aciertos de escritura y realización (Quentin Tarantino la ha incluido en su lista de mejores películas de 2013), se pierde en su propio ingenio sin trascender.

Tampoco va más allá de su propuesta, aunque esta sea de por sí muy estimulante, Coherence (Sección Oficial a Concurso), debut del guionista y realizador James Ward Byrkit, la historia de una cena de amigos en la casa de uno de ellos que acaba convirtiéndose en una pesadilla cuando, por razones desconocidas, se crea un puente entre varias realidades paralelas y los invitados de las cenas que tienen lugar en cada una de ellas empiezan a intercambiar sus puestos con los asistentes a otras…

En su presentación en Sitges de su película, Byrkit la tachaba de puzzle complejo, pero en realidad no es así, de hecho si tiene un problema Coherence es el de apostar por la idea feliz, luego sin desarrollar en exceso. Pero la exposición de la misma es brillante, y trae aparejadas muchas consideraciones de interés sobre la mediocridad e insatisfacción de nuestras vidas cotidianas.

No tan recomendable es Lesson of the Evil (en la imagen, Sección Oficial Fantástica Galas), del prolífico Takashi Miike, adaptación de una novela de Yûsuke Kishi que pretende convertirse en franquicia, sobre un profesor de instituto que se desvela terrorífico asesino en serie.

Tras una primera hora en la que se plantea con ambigüedad el conflicto dramático y sociológico (el cine nipón está obsesionado con el retrato de la juventud de aquel país y las instituciones educativas), Lesson of the Evil se convierte en un aburrido ejercicio de busca y captura de los alumnos del psicótico maestro por parte de este, en las dependencias del colegio en cuestión. Sangre, muertes, humor negro, y un profundo tedio que amenaza con ser más si, como decimos, se hace realidad lo que apuntan los últimos compases de la película, una o varias continuaciones.

Quizás la película más relevante programada en los últimos compases de Sitges 2013 ha sido The Sacrament (Sesión de Clausura), y por eso despediremos estas anodinas crónicas con ella. The Sacrament es otro ejemplo de metraje encontrado, en esta ocasión sobre unos periodistas que investigan lo que sucede en el centro operativo de una secta. Su director es Ti West, otro cachorro de Sitges, quien ya había dado cuenta de su talento en films como La casa del diablo (2009) y The Innkeepers (2011), y quien en The Sacrament lleva con gran sentido de lo crispante una intriga que, a poco de empezar, ya empieza a despertar en el espectador sentimientos ominosos.

Lo más curioso, en cualquier caso, es que The Sacrament representa un ejemplo paradigmático de eso que el propio Ángel Sala, director de Sitges, hace algún tiempo voceó como futuro del cine: el dramanagement, cine auspiciado por corporaciones y empresas tras la crisis del sector público y del entretenimiento como consecuencia de la crisis; Si Los becarios, estrenada recientemente en España, era publicidad de un buscador de Internet, The Sacrament es publicidad de un “portal de entretenimiento y noticias”; lo que pone bajo sospecha su discurso en contra de los cultos alternativos y a favor del orden presente establecido, un capitalismo ya apenas sin caretas democráticas ni liberales.

Por ello, que The Sacrament haya sido escogida para clausurar Sitges 2013, supone todo un aviso a navegantes sobre el rumbo viciado que irá tomando el cine poco a poco, como el propio Sala se encargaba de promocionar hace unos días: “Tenemos que cambiar el chip. El tema del cine no es como hace 30 años. Las formas de consumo y las estructuras; la distribución y la exhibición, tienen que cambiar”.


VIERNES, 18 DE OCTUBRE


Sitges


La penúltima jornada de Sitges 2013 ha venido marcada por algunos títulos tan esperados como Insidious 2 (en la imagen), secuela de la exitosa cinta de terror escrita por Leigh Whannell y James Wan que dirigió el primero, a estrenar en España el próximo 25 de octubre. Whannell y Wan están de nuevo presentes en esta secuela, que como cabía esperar manifiesta menos imaginación y capacidad de riesgo que su antecesora. Con todo, Wan dirige muy bien, aquí vuelve a quedar de manifiesto, y Whannell se está empleando con inteligencia en una estructura argumental que remite a la de la franquicia Saw (asimismo controlada en principio por Wan y Whannell); es decir, la expansión del universo de ficción no es tanto cronológica como espacial y anímica, de manera que va definiéndose una suerte de laberinto sórdido del que los personajes nunca podrán escapar.

Tampoco escapan al horror los personajes de Cheap Thrills (Sección Oficial Fantástica a Competición), una brutal comedia negra que al final no tiene nada de cómica, con la crisis económica como telón de fondo: un hombre al que acaban de despedir y que afronta un desahucio que dará con sus huesos y los de su familia en la calle, acepta jugar con una pareja adinerada a realizar por dinero actos progresivamente violentos y degradantes. Ópera prima del neoyorquino E.L. Katz, Cheap Thrills es, como ha señalado Carlos Losilla, “en su risa congelada, en su aparente final feliz, en su patético plano final, la película más triste del mundo”.

También bastante tristes son The Dirties (Sección Nuevas Visiones) y Afflicted (Sección Oficial Fantástica a Competición), otras dos películas rodadas en formato de metraje encontrado, ambas reflexiones sobre la amistad juvenil y el sentido existencial de la creación cinematográfica.

The Dirties aborda el polémico tema de las matanzas perpetradas por locos en institutos norteamericanos, a través de la historia de dos chicos que graban en su centro de estudios un documental sobre el acoso escolar, aunque uno de ellos esté aprovechando la filmación para planear un asesinato de masas. The Dirties es mediocre, pero sus apuntes sobre las traiciones entre amigos y el salto (frustrado o no) a la madurez son interesantes, como también lo son unos títulos finales de crédito claramente referenciales, que subrayan lo que se ha planteado previamente sobre lo real y lo ficticio en nuestras propias vidas.

Y definitivamente floja pese a la calidad de sus efectos visuales es Afflicted, found footage sobre dos amigos que empieza un viaje alrededor del mundo que ambicionan inmortalizar vía cámaras e Internet… hasta que uno de ellos es mordido por una vampira. Afflicted es un producto amateur, infantiloide, al que se nota en cada plano la ansiedad por tener repercusión comercial.

The Machine (Sección Oficial Fantástica Panorama a Competición), sin embargo, es una atractiva propuesta de ciencia ficción de serie B, que recuerda a los universos de Battle Angel Alita y Las crónicas de Sarah Connor: En un futuro cercano, Occidente se halla enfrascada en una guerra fría con China, y científicos y militares tratan de mezclar en los combatientes especiales que se precisan lo orgánico y lo artificial… The Machine, escrita y dirigida por Caradog W. James (cuya ópera prima, Little White Lies, no se estrenó en España), es un ejemplo de ciencia ficción rigurosa, incluso arisca, que juega muy bien con su pequeño presupuesto y que resulta verosímil en casi todo momento.

Más pintoresca es la última propuesta que comentaremos hoy, The Philosophers (Sección Oficial Fantástica a Competición), realización de John Huddles, en el dique seco desde El barco del señor Spreckman (1996) y La granja de Sachem (1998). Como aquellas, The Philosophers está condenada a ser una cinta de culto, dado que se atreve a desarrollar una suerte de clase cinematográfica de corte, como indica su título, filosófico, sobre nuestras reacciones y elecciones en determinadas situaciones.

Se suceden así una serie de escenarios de la mente, en los que un grupo de alumnos y su profesor debaten interminablemente sobre lo que nos hace humanos, lo que diferencia el vivir del sobrevivir, etc. Al final nos quedará claro que todo en esta vida es humano, demasiado humano, por debajo de las máscaras ideológicas, intelectuales, racionales, con las que pretendemos disimular nuestras acciones. Insistimos, The Philosophers es una película ni más ni menos que curiosa.


JUEVES, 17 DE OCTUBRE


Sitges


No sabe uno si es porque la programación está lejos de ser especialmente destacable, si por los innumerables problemas (retrasos y cortes en ciertas proyecciones, maltrato persistente hacia la prensa acreditada), o si tiene que ver con uno mismo, pero lo cierto es que esta 46ª edición del Festival de Sitges está resultado poco satisfactoria y, lo más importante, no permite vislumbrar con claridad qué sucede con el fantástico y aledaños en esta temporada. Se acumulan las películas, más o menos buenas, más o menos interesantes, pero trazar perfiles coherentes de conjunto a través de las mismas no es tarea fácil.

En cualquier caso, siempre quedan las experiencias puntuales, tan agradecidas en algunos casos como ver en la gigantesca pantalla del gran cine Auditori The Congress (Sección Oficial Fantástica a Competición), bellísimo drama fantástico que combina imagen real y una animación heredera de otro film previo del israelí Ari Folman, el celebrado documental Vals con Bashir (2008). En The Congress, Folman redobla la apuesta de su ambición con una adaptación más que satisfactoria, ya solo por la calidad formal de sus imágenes radiante, del relato de Stanislav Lem Congreso de Futurología.

Folman se remite a Lem para narrar una historia de profundas implicaciones para el cine y el futuro del audiovisual: Una actriz, Robin Wright (la intérprete de La Princesa Prometida se encarna a sí misma) accede a vender el alma al diablo, es decir, a la digitalización de sí misma, y abandonar la profesión. Su yo digital seguirá protagonizando películas hasta el infinito… A partir de esta premisa, Folman elabora una fábula que, en sus primeros cincuenta minutos, con reminiscencias de Holy Motors (la ganadora del Sitges pasado), traza un diagnóstico implacable y elegiaco sobre el séptimo arte, nuestra relación con el medio y su conversión futura en una experiencia inmersiva y sensorial.

Después, en el fragmento animado, Folman va mucho más allá y nos propone toda una reflexión sobre la vivencia o no de lo real, nuestra responsabilidad individual y política para con el mundo que habitamos y quienes nos rodean… Puede argumentarse que The Congress es una película algo discursiva, y no demasiado original a la hora de poner ciertos temas en pantalla, pero de ninguna manera podría discutirse la sensibilidad con que se emplea en todo ello ni, insistimos, la rotunda belleza de sus imágenes. Una gran película, de las que justifican una edición de un certamen.

También sobre el estatus de la imagen debate Violet (Sección Nuevas Visiones - Ficción), con la que el español Luiso Berdejo trata de redimir lo que considera pecados en Hollywood, es decir, su participación como guionista en películas tan fallidas como Quarantine (remake de REC, en la que también participase) o la realización de la olvidable La buena hija (protagonizada por Kevin Costner). Berdejo perfila en Violet una fábula low cost, cine barato, el registro tan de moda ahora mismo en España, sobre los espejismos del glamour y la apreciación de lo real cercano, a través de la historia de un chico (Junio Valverde) que busca con la ayuda de una amiga (Leticia Dolera) a una desconocida que le obsesiona desde una instantánea Polaroid.

Berdejo juega con formatos y texturas para intentar trascender el argumento como siempre debería ocurrir, es decir, a través de las imágenes, pero se estrella contra el problema que atenaza a tantos cineastas españoles: la realidad que trata de reivindicar no es tal sino, a su vez, otro espejismo hipster, en el que los personajes se llaman Álex y 5, se conocen en Starbucks, ven juntos Indiana Jones y el Templo Maldito en el cine, y llevan sombrero y gafas enormes de pasta. Esta fantasía de modernito ridículo carece de cualquier base sólida ideológica desde la que elaborar discursos, de manera que Violet acaba siendo un trasunto cutre y acobardado de Arrebato, el film mítico de Iván Zulueta. Por cierto que Gente en sitios y Faraday, ambas también en la Sección Nuevas Visiones – Ficción, ambas también españolas, ambas también adscribibles al registro low cost, también distan de ser obras maestras (Gente en sitios es interesante; Faraday, nefasta). Por lo que parece urgente iniciar un debate serio sobre ese fenómeno llamado low cost, más allá de que haya sido forzado por las circunstancias de crisis económica y de que se haya convertido en una suerte de ganapán para algunos realizadores que confían en los amiguetes y las redes sociales para tener éxito mientras reemplazan los antiguos métodos de producción, distribución y exhibición de películas.

También sobre el arte (siempre que sea arte) de hacer películas gira Vulgaria (en la imagen, Sección Seven Chances), comedia del hongkonés Ho-Cheung Pang premiada en varios festivales asiáticos a lo largo del año pasado. Sin embargo, no termina uno de verle la gracia a esta bufonada de humor diegético y extradiegético, muy “meta” que dirían algunos, llena por tanto de giros dentro de la ficción y al espectador, sobre un productor con todo tipo de problemas familiares y profesionales que se compromete a auspiciar el remake de un título porno para adultos de cierta fama años atrás para unos mafiosos.

Vulgaria es una película que demuestra bastante dominio de la cámara por parte de su artífice, así como una conciencia saludablemente descreída sobre las servidumbres que acarrea en la práctica la producción, el consumo y la apreciación de las películas. Pero su humor histérico y chocarrero, lo localista de algunas referencias, parodias poco afortunadas de films programados por cierto en Sitges otras ediciones como Sex and Zen (de por sí paródica), acaban haciendo de Vulgaria una experiencia irritante.

Y lo mismo cabe decir de Jodorowsky’s Dune (Sección Oficial Fantástica a Competición), documental sobre la adaptación nunca llevada a cabo de la novela de ciencia ficción Dune, de Frank Herbert, por parte del vendedor espiritual de crecepelos Alejandro Jodorowsky, antaño director de obras tan indudablemente recomendables, idiosincrásicas y extremas, como El Topo (1970) y La montaña sagrada (1973). Jodorowsky, que además de director y escritor es psicomago y vete a saber cuántas cosas más (sobre todo un vividor), se empeñó en llevar Dune a la gran pantalla antes de que lo hiciese finalmente David Lynch, y para ello reclutó a una serie inigualable de talentos, entre los que se contaban Orson Welles y Salvador Dalí.

Sin embargo, su proyecto nunca llegó a buen puerto, y el documental de Frank Pavich que nos ocupa deja bien claro porqué, incluso cuando no quiere hacerlo por aquello de preservar la imagen icónica de Jodorowsky: nos hallamos ante un individuo de vanidad cósmica, increíblemente pagado de sí mismo, que ha creado una filosofía de “guerrero espiritual” sin otro objetivo que imponer a la vida y a los demás su egomanía. Cualquier choque con lo real es para él increíblemente traumático, aunque trate de escudarse en que lo real es para los mediocres, no para espíritus gráciles como él.

Jodorowsky’s Dune, por otra parte una película más que nada enunciativa, un Who’s Who de personalidades culturales de un momento sociohistórico en el que la novela de Frank Herbert deja de tener ninguna importancia, es tan agotadora para un espectador que no se sienta imbuido del mismo ombliguismo que Jodorowsky, que asquea; de hecho, a continuación de este documental podía verse la nueva realización del propio Jodorowsky, La danza de la realidad (por supuesto autobiográfica), pero uno supuso que el egotrip iba a acabar siendo dañino para su retina, por lo que decidió retirarse a sus aposentos…


MIÉRCOLES, 16 DE OCTUBRE


Sitges


Las cuatro películas programadas ayer en Sitges sobre las que escribimos se caracterizan por adscribirse al género del found footage, metraje encontrado o cine en directo; es decir, por simular que sus imágenes son recogidas por uno de los personajes con la cámara que lleva encima. El registro del metraje encontrado, codificado en el fantástico a partir de El proyecto de la Bruja de Blair (1999) pero objeto de boom gracias a REC (2007) o Monstruoso (2008), está lejos de haber pasado de moda, aunque ello se haya afirmado en ocasiones. Más bien se está sofisticando, y en todo caso es difícil que en el terror desaparezca, dado que la imagen de ficción clásica no es hoy por hoy muy operativa para sublimar nuestras inquietudes.

La primera película que abordaremos será Europa Report (Sección Oficial Fantástica a Competición), crónica de la primera expedición privada a Europa, luna de Júpiter, en un futuro cercano. Una película que trata de ser seria y rigurosa en su descripción de un viaje espacial, en su retrato de un primer contacto con entidades alienígenas; gracias a ello ha contado con la presencia de actores tan aseados como Sharlto Copley, Michael Nyqvist y Embeth Davidtz.

Sin embargo, el director ecuatoriano Sebastián Cordero (Rabia, Pescador) se equivoca al emplearse con esa gravedad, pues el guión de Philip Gelatt que maneja es elemental, y las conclusiones del film no tienen nada de originales. Así las cosas, Europa Report acaba siendo profundamente aburrida, un producto que pretende dignificar el found footage pero que no aporta absolutamente nada al registro. Echa uno de menos un subproducto como Apollo XVIII, visto en Sitges hace una o dos ediciones; con un escenario similar, aquella película poseía al menos gracia y sentido de lo psicotrónico.

Muchísimo más divertida que Europa Report es Frankenstein’s Army (Sección Oficial Fantástica Panorama en Competición), uno de los delirios más coherentes, valga la paradoja, que uno ha visto desde la lejana y estupenda Re-Animator (1985). No parece casual que su guionista y director, el holandés Richard Raaphorst, ejerciese en Beyond Re-Animator (2003), secuela de aquel clásico de Stuart Gordon, como “artista conceptual”, y que hasta debutar en el ámbito del largometraje con el film que nos ocupa haya no solo realizado cinco cortometrajes llenos de amor por el género y tretas formales, sino diseñado además storyboards, bocetos y decorados para numerosas producciones, incluyendo Dagon, la secta del mar (2001) y El libro negro (2006).

Y es que Frankenstein’s Army es un desmadre cyberpunk a partir de un argumento asimismo enloquecido: tropas soviéticas encuentran en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial un laboratorio nazi secreto en el que, siguiendo las enseñanzas del doctor Victor Frankenstein (sic), se ha creado un ejército de engendros, híbridos de cadáveres humanos reanimados y maquinaria bélica.

En la película de Raaphorst no faltan ni sangre, ni vísceras, ni monstruos alucinantes, ni una atmósfera muy malsana, ni un crescendo que acaba convirtiendo el relato en una pesadilla que, alegóricamente, refleja el sentimiento general que barrió el mundo cuando acabó el mayor conflicto bélico que lo ha sacudido. Pero su mayor mérito reside en su combinación formal de dos registros: el del metraje encontrado, ya que todo se narra desde el punto de vista de una cámara con la que filma los hechos un militar, y el de los videojuegos de horror en primera persona. Un título obligado, que deja en mantillas a simples gracietas como Zombis Nazis (2009) o Iron Sky (2012).

En realidad, Frankenstein’s Army también deja en mantilla a las otras dos muestras de cine en directo vistas en esta jornada. La primera fue The Dyatlov Pass Incident (Sección Panorama Especial), con la que el director finés Renny Harlin –antaño exitoso firmante de ficciones espectáculo como La Jungla 2: Alerta Roja (1990) y Máximo Riesgo (1993)– trata como Barry Levinson en The Bay (2012) de actualizar sus formas y contribuir a la definición de la imagen contemporánea.

En The Dyatlov Pass Incident, Harlin, basándose en un guión de Vikram Weet, recrea la expedición de un grupo de documentalistas norteamericanos a montañas rusas; su objetivo, descubrir qué sucedió en 1959 en las proximidades de Dyatlov a otro grupo de jóvenes, uno de los sucesos (reales) más perturbadores y sugerentes sucedidos en el siglo XX.

La verosimilitud del metraje encontrado en The Dyatlov Pass Incident es suficiente, y su apuesta a partir de cierto punto por la ciencia ficción tiene indudable encanto; pero como ficción, tanto da su formato, es inferior a muchas otras propuestas coetáneas, como sin ir más lejos el agradable relato de horror Atrapados en Chernobyl (2012).

Y no solo menor, sino además anacrónica, es Willow Creek, incluida de manera surrealista por la organización de Sitges en la Sección Nuevas Visiones – No Ficción, cuando evidentemente es una ficción, sobre dos jóvenes que registran con su cámara su búsqueda del mítico monstruo Bigfoot por tierras boscosas norteamericanas. Una película que nos retrotrae a la citada El proyecto de la Bruja de Blair, pero a destiempo y sin causar para nada el mismo terror, salvo quizás en lo relativo a sus últimos planos.

Está dirigida por Bobcat Goldthwait, autor habitual de comedias negras tan recomendables como El mejor padre del mundo (2009) y Armados y Cabreados (2011), y viendo Willow Creek se preguntaba uno a menudo si Glodhwait no estaría en el fondo riéndose del género de terror y del found footage. Pero a la postre parece más bien que Goldwaith, como Renny Harlin o Barry Levinson, se ha apuntado para hacer caja a un formato, como decimos, aún en plena vigencia.


MARTES, 15 DE OCTUBRE


Sitges


Tres de las películas de la jornada de ayer que os comentaremos pertenecen a directores que tienen en Sitges seguro refugio, que el certamen mima a fin de crear parroquia y cierta identidad. La cuarta es, por el contrario, un producto que podría verse en cualquier parte, pero que por eso mismo adquiere en el ámbito del festival un aura de marcianada interesante.

Pero comencemos con Only God Forgives (Sección Oficial Fantástica a Competición), nueva colaboración conjunta del director Nicholas Winding Refn y el actor Ryan Gosling tras Drive, que causó mucha impresión por aquí. Con Only God Forgives, Refn y Gosling podrían haber seguido la misma línea del thriller estiloso y depurado, pero han optado por algo mucho más difícil y críptico, una intriga asimismo referencial y codificada pero cuyos referentes son menos la superficie de la imagen que aquello que le presta o le roba sentido.

La historia de Only God Forgives (en la imagen), también escrita por Refn, gira en torno al enfrentamiento entre Julian y Gordon, dos hermanos criminales asentados en Bangkok, y un misterioso policía, auténtico ángel de la muerte, que se empeñará en hacer justicia cuando Gordon asesine salvajemente a una prostituta. Pero lo que cuenta la película es lo de menos, como siempre debería ocurrir. Lo importante es el cómo y el porqué. Y en este sentido, Only God Forgives le exige mucho al espectador, pues las imágenes sirven para dar voz a consideraciones de tipo psicoanalítico y arquetípico sin casi prestar atención a lo narrativo, subrayando sobre todo la condición de la imagen como símbolo y señal.

El resultado es, por supuesto, menos lucido que el de Drive, mucho más críptico, y no solo en Cannes sino también en esta ocasión le han caído muchos denuestos a la película. Pero nos atreveríamos a decir que, pasado el tiempo, Only God Forgives puede que acabe demostrando más trayectoria interpretativa que Drive.

Otro director familiar para los asiduos al festival es el británico Ben Wheatley, que confirma las buenas impresiones causadas por Kill List (2011) y Turistas (2012) con A Field in England (Sección Oficial Fantástica a Competición), fantasía histórica en blanco y negro que debe tanto a Bergman y Beckett como a los Monty Phyton.

Sus protagonistas son un grupo de prófugos durante la Guerra Civil inglesa ocurrida entre 1642 y 1651. Entre ellos, desertores, el asistente de un alquimista… Juntos, se embarcan en la búsqueda de un tesoro que, debido a la ingestión de unos hongos, deviene odisea alucinógena que empapa las imágenes de A Field in England.

Sin embargo, existe una extraña coherencia en los surreales eventos, escritos por el propio Wheatley junto a su colaboradora habitual, Amy Jump, que jalonan la película, por lo demás bastante más fiel de lo que podría parecer a las inquietudes manifestadas en títulos previos por Wheatley: su país, las castas sociales, la subjetividad alienada de sus personajes enfrentada a la objetividad sociohistórica en que se desenvuelven… Un título también muy recomendable.

Lo mismo cabe decir de The Call (Sección Oficial Fantastic Especials), la mejor película realizada hasta la fecha por Brad Anderson. Lo que no deja de resultar paradójico teniendo en cuenta que, hasta ahora, había hecho gala en Sitges con títulos como Session 9 (2001), El maquinista (2004), Transsiberian (2008) y Vanishing on 7th Street (2010) de un psicologismo y una ambigüedad autorales no tan creativos como él pretendía, casi siempre insatisfactorios para el espectador; mientras que The Call es claramente un encargo, una película de simple entretenimiento que, sin embargo, funciona como un reloj, gracias en gran parte, por supuesto, al oficio de Anderson.

The Call narra cómo una telefonista de la policía trata de salvar la vida a una chica secuestrada por un asesino en serie; y lo hace sin perder ni un minuto, con esa urgencia y ese dominio del cine como vibración pura de la imagen que los estadounidenses practican de manera ejemplar; valgan como ejemplos recientes de ello Cellular (2004) y The Collector (2009). Como aquellas, The Call no da ni un minuto de respiro al público, desprende un profundo convencimiento a la hora de contar lo justo y necesario, sin que sobre un plano, y encima se descuelga con un final tan sorprendente y salvaje como el de la reciente Sin Rastro (Heitor Dhalia, 2012), pura vindicación femenina y feminista.

Nada mejor, quizás, para cerrar esta o cualquier jornada en Sitges, que, como os avisábamos, una sobredosis de cine basura sin vergüenza ninguna por serlo, incluso sólido a su manera y con algunas líneas de diálogo agradablemente cínicas. Es el caso de Battle of the Damned (Sección Midnight X-Treme), infrapelícula escrita y dirigida por un tal Christopher Hatton —con quien desea contactar a través de los foros de IMBd un hijo que tuvo en Oregón— que mezcla en una remota localidad de Oriente Lejano a hordas de pseudo-zombies con robots enloquecidos y un incombustible Dolph Lundgren, a quien no sonroja para nada plagiar al Snake Plissken de 1997: Rescate en Nueva York (1981).

Battle of the Damned es una de esas películas que antaño iban directas al videoclub, y de las que hoy únicamente disfrutan en canales temáticos hombres solos en busca y captura por violencia doméstica. Lundgren ejerce no solo como protagonista de Battle of the Damned, sino también como productor ejecutivo, por lo que suya es también la responsabilidad de que aparezcan en pantalla robots, más que nada, por aquello de aprovechar el gasto de efectos digitales en ellos que generó la anterior realización de Hatton, Robotrópolis (2011).


LUNES, 14 DE OCTUBRE


Sitges


Metacine, comedia apocalíptica, vampiros y caníbales. ¿Qué más se puede pedir un lunes? Sitges nos brindó ayer una de sus jornadas más completas y variadas, en un ambiente de relativa calma habida cuenta de las masas de domingueros, ese tipo de espectadores que no saben ni qué van a ver cuando entran en una sala, que han venido solo para decir en el trabajo que estuvieron en el festival, que están más preocupados por dónde van a comer y cenar que por llegar a tiempo a las sesiones, han desaparecido para vivir su mediocridad cotidiana.

La jornada arrancó en realidad en la madrugada del domingo, con The Green Inferno (Sección Oficial Fantástica), nueva gamberrada del estadounidense Eli Roth, director de Hostel I y II y de Cabin Fever. Fiel a sus películas previas, aunque algo más comedido, Roth plantea en The Green Inferno un baño de sangre y vísceras que camufla un retrato desolador de la condición humana y de la estupidez, la hipocresía y el paternalismo egocéntrico de sus compatriotas, a cuenta de una excursión que varios jóvenes concienciados con el medio ambiente llevan a cabo por tierras amazónicas; allí caen en las garras de una tribu caníbal, que irá dando cuenta de ellos con premeditación y alevosía.

Aunque la película esté tan mal realizada como es habitual en Roth, funciona muy bien en lo relativo a los gags gore, y también en el desarrollo de una dinámica de grupo marcada por la incorrección política y la percepción psicológica. Como ha escrito Manuel Ortega, “el trasfondo que intenta (y consigue) imprimir Eli Roth es más complejo de lo que parece querer mostrarnos su aparente simpleza”. Hasta tal punto que The Green Inferno podría conformar junto a Tierra prometida (Gus Van Sant, 2012) un díptico apasionante sobre las inconsecuencias y callejones sin salida ideológicos de nuestro presente.

Tampoco le falta carga ideológica a Bienvenidos al fin del mundo (en la imagen, Sección Oficial Fantàstic Galas), tercer encuentro de los cómicos británicos Simon Pegg y Nick Frost con el director Edgar Wright tras Shaun of the Dead (2004) y Hot Fuzz (2007). Si aquellas parodiaban respectivamente el cine de zombies y el de acción policial, Bienvenidos al fin del mundo, que se estrena en España el 15 de noviembre, hace lo propio con las películas de invasiones extraterrestres, a partir de la historia de un tipo que no ha sabido escapar a su pasado y que fuerza a varios conocidos de juventud a completar un recorrido alcohólico por el pueblo natal de todos ellos.

Lo que se topará este grupo de ¿amigos? en la localidad, que ya no reconocen como suya, será que esta ha sido tomada subrepticiamente por alienígenas. Una alegoría, malbaratada por la insistencia en sacar a la palestra el tema de fondo, de la desaparición irreversible de la juventud para toda una generación de peterpanes que hoy están entre los treinta y los cuarenta, y de la desaparición asimismo en las últimas décadas de las idiosincrasias nacionales (a lo que tan sensibles son los ingleses), sepultadas por lo global y lo macroeconómico.

Como puede apreciarse, temas de mucho interés, que sin embargo no acaban de fructificar cinematográficamente por, como hemos dicho, lo poco sutil de su plasmación; por lo autocomplaciente y mecánico de interpretaciones, gags y situaciones tragicómicas; y por la ambigüedad en el tono, por aquello de no alienarse agriamente a la parroquia que presumiblemente aplaudirá la película. Al respecto, es sintomático que Sitges se haya rendido a Bienvenidos a fin del mundo por su rollito nostálgico cómplice, cuando (muy) por debajo de las apariencias, la película les propina una patada en la boca.

Kiss of the Damned (Oficial Fantastic Panorama en competición) es menos susceptible de confusiones, puesto que su rollo nostálgico y referencial no alberga sombra de ambigüedad. Ópera prima en el ámbito de la ficción de Xan Cassavetes, hija de la mítica pareja que formaron John Cassavetes y Gena Rowland, desarrolla un apasionado romance entre un humano y una vampira glamourosa, romance amenazado por la subversiva aparición de la salvaje hermana de ella.

Kiss of the Damned abunda en guiños al cine de Jean Rollin e incluso al de Luis Buñuel, pero no hay en ella nada de la turbación de aquellos, circunscribiéndose su recuperación de ciertas claves de género en auge durante los sesenta y los setenta del pasado siglo a una mirada cómplice que podrá compartir sin despeinarse una parroquia friki como la de Sitges. Aun así, cabe reconocerle a la película de Cassavetes el albergar una reflexión interesante sobre cómo lo sobrenatural también puede imponer órdenes sociales establecidos, con sus víctimas y sus verdugos.

Más creativas, jugando también a lo referencial, son las últimas películas de la jornada sobre las que hablaremos. La primera, A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III (Sección Oficial Fantàstic Especials), segundo largometraje tras CQ (2001) de Roman Coppola (hermano de Sofia, hijo de Francis Ford); como se ha escrito en Détour, “puro disfrute, fantasmagoría de una época imposible que el cine reconstruye desde el cine”. A Glimpse… narra la odisea de un publicista, a quien encarna Charlie Sheen, que entra en una profunda crisis cuando le abandona su gran amor. Con ecos afortunados del cine de los setenta, la película de Coppola es una fábula coral sobre el amor a la vida y el amor a la representación, que concluye con uno de los planos más emotivos de este Sitges 2013.

La segunda, Machete Kills (Sección Oficial Fantástica Galas), es una secuela perpetrada por los responsables del film original de 2010 que, si funciona, aunque lo haga a duras penas, es porque Machete era bastante más recomendable de lo que se dijo: tan rica en aciertos humorísticos y apuntes ideológicos que ha dado para una continuación, como mínimo, divertida, aunque los guiños hacia una tercera parte hagan temer el agotamiento inmediato de la franquicia. También acto de aparición en Machete Kills Charlie Sheen (o, mejor dicho, Carlos Estévez) y se suma a la fiesta un Mel Gibson más allá del bien y del mal.


DOMINGO, 13 DE OCTUBRE


Sitges


La jornada del domingo 13 de octubre estuvo marcada por dos fenómenos: por un lado, la persistente y desastrosa gestión de la labor de la prensa por parte de la organización, que sigue haciendo que uno atienda como se debe el festival solo forzándose a recurrir a todo tipo de equilibrios y triquiñuelas, lo que sin duda repercute en la calidad de la cobertura. Por otro, la insistencia del certamen en pesos pesados del fantástico (y adyacentes al género), obligación que suele desembocar en el desaliento del espectador.

Es lo que ha sucedido con The Zero Theorem (Sección Oficial Fantastic Galas), obra de uno de los niños mimados del certamen, Terry Gilliam, autor de films tan míticos (y mitificados) como Doce Monos o Brazil, con la que The Zero Theorem tiene puntos en común. De hecho, podría decirse que esta última película de Gilliam es una suerte de regreso al pasado y de apuesta por el minimalismo, en la línea de lo que acaban haciendo otros directores cansados por el paso del tiempo y las desilusiones existenciales –pensamos sin ir más lejos en el Bernardo Bertolucci de la reciente Tú y Yo–.

Además, basada en un guión de un tal Pat Rushin, The Zero Theorem es, según confesión del propio Gilliam, un producto barato rodado con la complicidad de amigos, que le ayuda a seguir al pie del cañón, habida cuenta de los problemas que proyectos más caros suelen acarrearle.

El protagonista casi exclusivo de The Zero Theorem es Qohen Leth, un hacker obsesionado, en una sociedad distópica de sospechosos parecidos con la nuestra, con encontrar el sentido (o el sinsentido) de todo lo existente, aunque su labor sea continuamente interrumpida por personajes a cada cual más estrambótico que van haciendo acto de aparición en el casi único escenario donde se desarrolla la acción, el hogar/refugio de Qohen; junto al trabajo del actor Christoph Waltz, lo más evocador de la película gracias a la dirección artística de David Warren y la fotografía de Nicola Pecorini.

Por lo demás, nos hallamos ante una propuesta, amén de innecesariamente pretenciosa y aburrida, anticuada, llena de comentarios y de elecciones autorales que evidencian el agotamiento de la fórmula Gilliam, a la que él mismo y sus fans han contribuido con entusiasmo haciendo de él menos un cineasta que un personaje. Y ni siquiera tiene la posibilidad de convertirse en otra cinta de culto, como tantas otras en la carrera de Gilliam, pues hace tiempo que esa etiqueta ha dejado de tener relevancia: hoy por hoy, a las películas de culto les dura el culto dos horas.

Menos fallidas, aunque representativas de un buen hacer simplemente mecanizado, son las realizaciones que el director hongkonés Johnnie To brinda esta vez en Sitges. To también es una estrella del festival, de hecho se le homenajea estos días, y dado cuán prolífico es (gracias entre otras cosas al potente aparato de producción de su país) no es extraño que, como decimos, hayamos podido ver de él en una sola edición hasta dos películas.

Una es Drug War (Sección Focus Asia), intriga coral sobre la lucha de la policía contra un capó de la droga, cuyo ritmo no decae en sus 107 minutos de metraje, que incluyen un par de escenas con tiroteos soberbias. Sin embargo, la película se empeña en que cojamos cariño a personajes insuficientemente desarrollados, cuando de su lucha sin cuartel, muy bien ejecutada, ya se deduce todo lo que necesitamos comprender sobre sus motivaciones y la sociedad en que se desenvuelven. Drug War peca de mecánica, pero el problema no está en que lo haga cuando juega a la ficción de género, sino cuando trata de aportarle una dignidad dramática al registro que no precisa.

La otra película de To presente en Sitges 2013 es Blind Detective (en la imagen que ilustra esta jornada), intento de comedia sofisticada en torno a un policía obligado a dejar el cuerpo debido a una ceguera progresiva, aunque él se empeñe en detener a los responsables de un atraco junto a otra agente hacia la que se siente atraído. El fuerte de To nunca ha sido el humor, y su elegante, milimétrica puesta en escena para Blind Detective vuelve a demostrarlo. Parece que el propio director no tuviese clara la apariencia de ligereza requerida por una película que a la postre es, sobre todo, una comedia romántica; comedia romántica que, para entendernos, aspira a la liga que ejemplifica La cena de los acusados (1937) pero acaba jugando casi en la de Hora Punta o las películas de Jackie Chan.

Con este panorama un tanto decepcionante brindado por los veteranos, valía la pena echarle un vistazo a lo que han hecho dos desconocidos. En un caso, el de Proxy (Sección Nuevas Visiones – Ficción), la experiencia ha sido sumamente satisfactoria. Se trata del cuarto largometraje de Zack Parker, también autor de un guión que comienza planteando cómo una embarazada es agredida salvajemente por un desconocido en la calle y pierde el hijo que esperaba, para ampliar el foco paulatinamente y describirnos un paisaje social aterrador, muy reconocible, en el que se confunden anhelos frustrados y fantasías compensatorias de tintes, como no podía ser de otra manera hoy por hoy, mediáticos. Aunque el espectador no fuese capaz de percibir estos matices, o los considerase vacuos, quedaría igualmente atrapado por la pura intriga que plantea Proxy, tan perturbadora y absorbente como las orquestadas por Ruth Rendell o Patricia Highsmith.

Sin embargo, la ópera prima con la que concluimos el repaso a esta jornada, Escape From Tomorrow (Oficial Nuevas Visiones - Experimenta), ha dejado mucho que desear. Había mucha expectación por ver esta película de Randy Moore, que rodó secretamente en Disneylandia una ficción de suspense psicológico en blanco y negro sazonada además supuestamente por una reflexión sobre el universo y las entretelas de los parques temáticos. Pero, en la práctica, Escape From Tomorrow no es más que un (sub)producto amateur que va dando bandazos tocando ideas aquí y allá para llenar noventa minutos. Cabe reconocerle una atmósfera malsana, atemporal, en algunos momentos, así como algún acierto argumental puntual. Pero es uno de esos escándalos cinematográficos que surgen cada temporada cuyos valores estrictamente cinematográficos son casi nulos.


SÁBADO, 12 DE OCTUBRE


Sitges


Si ayer iniciábamos nuestra crónica de la primera jornada de Sitges 2013 hablando de quien es casi un clásico en vida, Neil Jordan (director de Byzantium), hoy toca arrancar con un autor de culto, Shane Carruth, sobre cuya ópera prima, la película de viajes en el tiempo Primer (2004), algunos todavía discuten, dado lo enrevesado de su narrativa. Con más o menos fortuna, Carruth cree con razón que el fantástico es una cuestión de puesta en escena, y que por tanto a ciertos argumentos les corresponden ciertas formas. O, mejor dicho, que solo a través de ciertas formas se puede otorgar la voz adecuada a ciertos argumentos.

Ha pasado casi una década hasta que Carruth ha concretado de nuevo un largometraje, pero esto no quiere decir que se haya domesticado en absoluto con tal de volver a la actividad: Upstream Color (Sección Oficial Fantástica a Competición) es una compleja historia sobre el libre albedrío humano, la presencia de Dios, las dinámicas de la naturaleza y lo social, la utopía… Todo ello en 96 minutos, que lejos de resultar ilustrativos, coherentes, tienden a la sugerencia y lo episódico.

Muchos asistentes a la proyección de Upstream Color han salido echando pestes del film, y es cierto que, como ya sucedía en Primer, no siempre se perciben orgánicas las inquietudes de Carruth, sino fruto de una indigestión intelectual. Pero, en cualquier caso, nos hallamos ante un film plagado de conceptos visuales, por añadidura de una enorme belleza en momentos varios. La música (obra del propio Carruth) y la banda de sonido son extraordinarias.

También más que atractiva, aunque no tan elusiva como Upstream Color, es Magic, Magic (Sección Oficial Fantástica a Competición), intriga dramática del guionista y director chileno Sebastián Silva, quien cuenta previamente en su filmografía con títulos tan sugerentes como La nana (2009) y Crystal Fairy (2013).

Magic Magic tiene puntos de contacto con la última citada, el más superficial de los cuales es el protagonismo de Michael Cera, acompañado en la película que nos ocupa por otros intérpretes de Hollywood como Juno Temple y Emily Browning. No es de extrañar que Silva haya conseguido que los citados se enrolasen en Magic Magic, habida cuenta de que tienen la oportunidad de explotar recursos interpretativos mucho más elaborados de lo habitual, al brindarles el autor una ambigua historia con ecos del primer Peter Weir sobre una chica que, durante un viaje con unos amigos, comienza a experimentar paranoias y alucinaciones. Guardando continuamente con éxito un equilibrio entre lo realista y lo fantasmático, entre lo que podría ser una enfermedad mental o un estado alterado de conciencia, Magic Magic logra desestabilizar, y brindar finalmente una visión muy melancólica sobre la soledad de cada existencia.

Tampoco muy optimista es The Wait (Sección Nuevas Visiones - Ficción), drama coral del guionista y director norteamericano M. Blash –autor previamente en 2006 de una ópera prima, Lying, que protagonizaban como The Wait Jena Malone y Chlöe Sevigny–, sobre la incidencia del fallecimiento de una mujer mayor en sus hijas y demás familiares.

Nos hallamos ante un retrato desolador de grupo, con ambiciosa proyección social, sobre un presente apocalíptico, incapaz para salvarse de su futuro recurriendo a un pasado histórico que se desdeña, en el que todo son simulacros y representaciones a nuestra medida. Pero, por desgracia, The Wait es víctima paradójica de la concepción de la vida anémica, en el límite de la estupidez, que caracteriza a todos los personajes, cayendo con frecuencia en un esteticismo de dudosa talla poética susceptible de irritar. Con todo, aunque solo fuera por sus apuntes sobre la naturaleza actual de la imagen, ya valdría la pena echarle un vistazo.

No cabe decir lo mismo ni de Contracted ni de Antisocial (ambas en la sección Oficial Fantàstic Panorama en competición), las últimas películas sobre las que os hablaremos hoy.

La primera es un drama con elementos de horror, cuarto largometraje escrito y dirigido por Eric England, sobre una chica de tendencias lesbianas y pasado psicopatológico que, tras acostarse en una fiesta con un desconocido, comienza a ver con espanto la desintegración progresiva de su cuerpo. Contracted es una fábula amateur sobre las enfermedades de transmisión sexual y nuestras servidumbres emocionales y sociales, en la que destaca, sobre un guión supuestamente provocativo pero torpe hasta decir basta y unas interpretaciones nefastas, la fotografía digital de Mike Testin.

La segunda, Antisocial, es una producción menos que modesta, ópera prima de un tal Cody Calahan, sobre un grupo de jóvenes atrapados en la casa de uno de ellos durante la explosión global de una pandemia que puede tener algo que ver con las nuevas tecnologías. Pretendida crítica a cómo las redes sociales están influyendo sobre nuestra manera de percibir la realidad, en la práctica la película de Calahan se estrella contra su paupérrima resolución formal, propia de una producción para televisión por cable, y lo infantil de sus cavilaciones sobre Twitter, Facebook y demás.


VIERNES , 11 DE OCTUBRE


Sitges



Iniciamos el certamen con Byzantium (Sección Oficial Fantàstic Especials), que nos permite reencontrarnos con el veterano director irlandés Neil Jordan, artífice de hitos del terror como En compañía de lobos (1984) y Entrevista con el vampiro (1994), pero autor también de otras excelentes y atmosféricas películas que poco tienen que ver en puridad con el fantástico, como Mona Lisa (1986) y Juego de lágrimas (1992). Y es que en Jordan, cuya carrera se ha movido siempre significativamente entre lo popular y lo subterráneo, el género no es una cualidad esencial de por sí; sus claves forman parte de un universo autoral muy idiosincrásico en el que lo verdaderamente significativo es lo marginal, una mirada a la realidad con mucho de extrañeza y alienación.

Títulos como Contracorriente (1997), Desayuno en Plutón (2005) y Ondine (2009) confirman esta impresión, y también lo hace Byzantium, relato sobre una madre y una hija vampiras cuya relación de doscientos años amenaza la irrupción de nuevos conocidos. Byzantium no ha sido escrita por Jordan sino por Moira Buffini (a partir de su propia obra teatral), pero pertenece inequívocamente a Jordan. Las localizaciones desoladas y nocturnas, la soledad de unos personajes que solo pueden aspirar momentáneamente a la comprensión y el calor de los otros, lo cotidiano visto desde una gran distancia, vuelven a concretarse en las imágenes de Byzantium, poderosamente fotografiadas por Sean Bobbitt (responsable de la misma labor en el cine de Steve McQueen).

Sin embargo, fallan en Byzantium aspectos esenciales, como la química entre las protagonistas (Gemma Arterton, en la imagen que ilustra nuestra crónica de hoy, y Saorsie Ronan), la verosimilitud de los encuentros que madre e hija van teniendo por separado, y un discurso feminista y de clases que, por muy apasionante que llegue a vislumbrarse, nunca termina de revertir de manera convincente en la ficción. Por otra parte, el guión de Buffini fuerza un final feliz a cuatro bandas que no se sostiene tras lo visto en el grueso del metraje.

Otra película de esta jornada inicial que vale la pena destacar es Bad Milo!(Sección Oficial Fantàstic Panorama en competición), segundo largo como guionista y director de Jacob Vaughan, hasta la fecha montador, y firmante de varios cortos y otra película ignota, The Cassidy Kids (2006). Tampoco Bad Milo! pasará a la historia del cine, pero es una lograda tragicomedia escatológica sobre un ejecutivo (interpretado por Ken Marino) al que surge repentinamente del ano un monstruito que acaba violentamente con aquellos que le amargan la vida a nuestro protagonista.

Una premisa que da de sí todo el metraje de Bad Milo! sin aburrir, y que alberga reflexiones nada desdeñables tanto sobre las coerciones de las tendencias agresivas masculinas en la sociedad contemporánea, como sobre la relación de los hombres con su propio cuerpo, en general mucho menos agresiva que la que imponen a las mujeres el embarazo y el parto. Además, hacía mucho tiempo que no veíamos a Peter Stormare, el esquinado intérprete de films como Fargo y Constantine, tan entrañable y entonado en su papel, el de un psicólogo comprensivo hasta mucho más allá de lo razonable.

También modesta es The Colony(Sección Oficial Fantàstic Panorama en competición), aunque su condición extremada, premeditadamente derivativa, hace que poco se pueda sacar de ella. Se trata de una cinta post-apocalíptica, de las que en Sitges siempre caen dos o tres por edición (recordemos The Day en 2012), deudora entre otras muchas de Mad Max 2 (1981), La cosa (1982) y El día de los muertos (1985), sobre un grupo de seres humanos que ha sobrevivido a una nueva era glacial refugiándose en construcciones subterráneas y aplicando a rajatabla estrictas normas de convivencia. Cuando una de tales colonias, la número VII, descubra que la V ha dejado de contactar con ella, se envía una pequeña misión que averigüe qué ha sucedido.

Como apuntábamos, todo es previsible en The Colony desde el primer momento, y el único mérito de sus responsables es conseguir que, aun así, la película se deje ver sin bostezos, gracias al manejo indudablemente hábil y sincrético de los lugares comunes. Por lo demás, nos hallamos ante una de esas producciones que en estos tiempos el espectador no tiene claro si se han hecho para estrenarse en cines, formatos domésticos, o streaming, habida cuenta de unos condicionantes técnicos y artísticos que combinan protagonistas de segunda (Kevin Zegers, Charlotte Sullivan) con secundarios de primera (Bill Paxton, Laurence Fishburne); un trabajado diseño de producción con unos efectos visuales pobres; y escenas dignas de la gran pantalla con otras propias de un subproducto para videoclub.

No extraña nada, revisando la filmografía del guionista y director de The Colony, Jeff Renfroe, que alterne los largometrajes de serie Z (One Point O, Civic Duty) y tv movies y series (Arenas mortales, Casi humanos). Cabe reconocer a Zegers en cualquier caso, vuelve a suceder en The Colony, una obsesión peculiar con la paranoia y la sospecha como detonantes dramáticos.

Y cierra nuestra ronda de comentarios de esta primera jornada el correspondiente a Blackfish (Sección Nuevas Visiones - No Ficción), segundo documental de Gabriela Cowperthwaite tras City Lax: An Urban Lacrosse Story (2010). En principio, nos hallamos ante un testimonio bienintencionado sobre los horrores de la crianza en cautivad de animales salvajes, más cuando están destinados a ejercer como "actores" en entretenimientos como el zoo o los parques acuáticos; es el caso de las orcas retratadas en Blackfish.

Sin embargo, cuenta a su favor con un aspecto esencial: la cantidad y calidad de los testimonios videográficos sobre los hechos documentados, que dan lugar a algunos de los momentos más terroríficos que vaticinamos veremos en Sitges esta edición. ¿Y qué momentos son esos? Pues los que plasman los crímenes de una orca llamada Tillikum y algunos de sus familiares, que a lo largo del metraje del film de Cowperthwaite van desvelándose auténticos asesinos en serie como consecuencia, en parte, de su confinamiento, para horror de nuestra equivocada percepción de sus comportamientos.

Por mucho que Blackfish pretenda acabar con una nota positiva, optimista, deja bastante mal cuerpo; y no solo por su retrato de la falta de escrúpulos con la que el capitalismo tardío trata a personas y animales en nombre de la "civilización del ocio"; sino por el atisbo de lo que es la Naturaleza en realidad, por mucho que nos empeñemos en camuflarla continuamente bajo valores humanistas.


PRÓLOGO Y SESIÓN INAUGURAL


Sitges



Arranca una nueva edición, la 46ª, del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, que se celebra como siempre en la localidad de Sitges y que, como viene siendo habitual en los últimos años, esta publicación cubrirá jornada a jornada, haciéndose eco de la programación del certamen y, a partir de la misma, del estado actual del fantástico.

Si en ediciones pasadas la crisis económica, con lo que ello implica en términos de pérdida de subvenciones, dificultad para hallar patrocinadores, imposibilidad de hacerse con ciertos títulos, ya había marcado el rumbo de Sitges, esta vez sus efectos son aun más palpables: la 46ª edición ha visto disminuida en una jornada su duración (que irá por tanto desde el viernes 11 al domingo 20 de octubre); faltan títulos producidos en la temporada obligados para un certamen fantástico de este nivel (entre ellos, +1, Snowpiercer, Under the Skin, Historia de mi muerte o Moebius); se ha jugado con los precios de las entradas para aumentar la asistencia del público; y se ha maltratado a la prensa creando dos tipos distintos de acreditaciones, cuando todos los medios habían pagado la misma cantidad por estar presentes en el certamen.

Esta decisión arbitraria era la punta del iceberg de otras, destinadas asimismo a la prensa, que afortunadamente se han replanteado justo antes de hacerse públicas. Merced a la presión general y, quizás, a la conciencia por parte de los responsables del festival (con Ángel Sala, su director desde hace años, a la cabeza) de que en Sitges es difícil separar lo que es un “profesional clase A” de la prensa (con lo que ello acarrea en cuanto a desidia, piloto automático y coberturas relativas) de los aficionados al cine “clase B” (que en ocasiones firman coberturas mucho más completas e interesantes).

Por no hablar de que arrojar el certamen, como se presume de hacer una y otra vez, en brazos de los domingueros que abarrotan las salas y hacen caja los fines de semana, juega bastante poco a favor del prestigio de un evento que, por otra parte, antes de menospreciar a quienes acuden acreditados, debería entonar un poco su programación para ser merecedor realmente de la etiqueta “festival” con que se adorna. Como dicen algunos con razón, Sitges es cada vez menos un festival y más una simple muestra, y esta edición vuelve a confirmarlo con una programación que brinda cerca de treinta títulos encontrables —legal y alegalmente— en Internet desde hace semanas, y con dislates como una sección oficial a competición que integran ¡28 películas!

Por último, parece que el escándalo A Serbian Film sigue poniendo a la defensiva a los artífices del festival o que la cinefilia hipster, que de fantástico ni entiende ni disfruta, continúa marcando su paso, por lo que el cine de género más idiosincrásico —como el que representan este año An American Terror, de Haylar García, o Savaged, de Michael S. Ojeda— vuelve a ser arrinconado en sesiones muy nocturnas o de madrugada, mientras en horarios estelares se programa a Jean-Luc Godard (3x3D) y David Gordon Green (Prince Avalanche).

En cualquier caso, el cine prosigue su camino, y Sala y compañía continúan teniendo olfato para detectar qué se cuece en los ámbitos del fantástico y lo alternativo. Hasta en veinticinco apartados distintos se disgrega la programación, reunida a posteriori bajo el leit motiv del “renacimiento del mal [...] la presencia de la figura y el espíritu de Satanás en la sociedad", y que podéis consultar completa por aquí.

Es obligado mentar la presencia de films como Mindscape (ópera prima de Jorge Dorado y de Ombra, productora creada por Jaume Collet-Serra); lo nuevo de Eli Hostel Roth, The Green Inferno; Only God Forgives, reencuentro del actor Ryan Gosling con el director Nicholas Winding Refn tras el bombazo que supuso Drive; lo nuevo de los estilizados Hélène Cattet y Bruno Forzani (Amer), L'étrange Couleur des larmes de ton corps; el relato vampírico de Jim Jarmusch Only Lovers Left Alive; Upstream Color, el esperado regreso del director Shane Carruth (Primer); A Field In England, fantasía histórica y psicodélica de Ben Wheatley (Kill List, Turistas), uno de los últimos descubrimientos del certamen; y The Congress, adaptación animada de un relato de Stanislav Lem a cargo de Ari Folman (Vals con Bashir).

En el ámbito de la animación, destacan también la nipona Space Pirate Captain Harlock, de Shinji Arakami, presupuestada en treinta millones de dólares; The Fake, realización del surcoreano Yeon Sang-ho (que el año pasado presentase en Sitges King of the Pigs); la producción brasileña Río 2096: A Story of Love and Fury, ganadora del festival especializado de Annecy; y Evangelion 3.0 You Can (Not) Redo, la más reciente entrega de la famosa franquicia japonesa de mangas, animes y películas. Y en cuanto a la sección Seven Chances, una de las que presta a Sitges su pátina de qualite, incluye la versión de la obra shakesperiana Mucho ruido y pocas nueces a cargo de Joss Whedon; una de las infinitas realizaciones de James Franco, en esta ocasión compartida con Travis Matthews, Interior: Leather Bar; Passion, de Brian De Palma; una edición restaurada del clásico de Valerio Zurlini El desierto de los tártaros (1976); y La fille de nulle part, de Jean-Claude Brisseau, vencedora de la edición 2012 del Festival de Locarno.

A todos estos títulos hay que sumar Faraday y Gente en sitios, nuevas aventuras low cost de, respectivamente, Norberto Ramos del Val y Juan Cavestany; Closed Curtains, del represaliado cineasta iraní Jafar Panahi; Escape from Tomorrow, rodada en secreto por el norteamericano Randy Moore en Disneylandia; Bienvenidos al fin del mundo, nueva colaboración del director Edgar Wright con los cómicos Simon Pegg y Nick Frost; la proyección en 3D del clásico de Victor Fleming El mago de Oz (193); y dos remakes, del thriller paranormal australiano Patrick (1978), a cargo de Mark Hartley, y de la producción mexicana sobre caníbales Somos lo que somos, a cargo de Jim Mickle.

Homenajes como los brindados a los asiáticos Takashi Miike y Johnnie To (de quienes se proyectarán varias realizaciones), a Renny Harlin y Alex Warmerdam, al compositor Pino Donaggio y los actores Simón Andreu y Charles Dance; la atención al fenómeno de las series televisivas con la proyección de capítulos de The Walking Dead, Juego de Tronos, Hemlock Grove, Los asesinatos de Fjällbacka, Bates Motel, Hannibal o Sleepy Hollow; la apuesta por el cine de bajo presupuesto y filmado con medios inusuales; y las presencias de Terry Gilliam, Elijah Wood y Alejandro Jodorowsky, son otros de los alicientes de una edición en la que no es ni mucho menos oro todo lo que reluce, pero en la que abundan los alicientes para el aficionado y el crítico.

Y el principal de tales alicientes, no lo olvidemos nunca, es el propio cine, las películas. Por eso, concluimos nuestra crónica de introducción al certamen con la reseña de su película inaugural, Grand Piano, obra de un niño mimado del certamen, Eugenio Mira, cuyas anteriores realizaciones (The Birthday, Agnosia) ya pasaron por Sitges creando un revuelo más o menos creíble.

En Grand Piano, protagonizada por Elijah Wood (en la imagen) y John Cusack, Mira vuelve a hacer gala de un impecable sentido de la planificación y el montaje, muy deudora de cineastas como Brian De Palma y Martin Scorsese, para contar la historia de un pianista que se reintegra a su actividad tras cinco años de atasco creativo, para toparse en pleno concierto con una situación que amenazará su vida y la de su pareja, espectadora del evento, y que pondrá a prueba su sangre fría.

Por desgracia, la elegancia de Grand Piano, su habilidad para tener en vilo al espectador, delatan muy pronto la condición de puro artificio, y nada sugerente como en el caso de un De Palma, sino en el sentido absolutamente trillado y algo ridículo de cualquier thriller de sobremesa. Resulta muy cansino el tipo de cine que se están empeñando en gestar tipos como Rodrigo Cortés, no solo tras Grand Piano, recordemos implicado también en diverso grado en Emergo, Enterrado o Luces rojas: producciones impersonales para vender en el extranjero y satisfacer a espectadores a los que bastan caras reconocibles en el reparto, un andamiaje formal aséptico, sustos y trucos sin ningún rigor, y una tremenda superficialidad, ninguna capacidad de las imágenes para perturbar realmente.



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