Por extraño y delirante que parezca el planteamiento de El número 23, la idea original no proviene de su autor Fernley Phillips, sino que la fijación con el número y sus caprichosas formas de aparecer recurrentemente ya había sido centro de obras y divaganciones anteriores. Cuando Phillips conoció la curiosa circunstancia, comenzó a maquinar un guión que desembocaría en el relato de un hombre que casualmente se encontraba con un libro que abordaba el tema, y que terminaba por afectarle de forma patológica.
Para Sparrow, su protagonista, se eligió a Jim Carrey, quien gracias a su desmedido éxito como comediante histriónico ha logrado buenas oportunidades para papeles serios, donde ha dejado constancia de su pericia a la hora de elegir proyectos: El Show de Truman, Olvidate de mí, Man on the Moon... Su fama se convierte en un impulso para cualquier producción en que participa, sus ímprobos esfuerzos de contención le permiten desempeñar su labor con eficacia.
Para la realización, por su parte, se eligió a Joel Schumacher. Director de varios éxitos con gran capacidad rítmica y visual, tenía elementos muy importantes para que su labor tras la cámara fuera útil: su experiencia con los personajes al límite (Un día de Furia, asesinato en 28 mm, Línea mortal...), y para los derroches de imagen (El fantasma de la Ópera o Batman Forever, donde ya trabajó con Carrey antes de humillar al hombre muerciélago en Batman & Robin).
Hay algo más: Las letras de los nombres de Joel Schumacher y Jim Carrey suman 23. Vale que el dato es de una indiferencia absoluta. Como todo buen juego para creyentes y clarividentes, la esencia del mismo más allá de alguna lógica matemática latente e incordiante, consiste en algo más simple: si el hombre crédulo prueba 10, 20 o 30 veces a buscar el número y sólo en una o dos de ellas se lo encuentra, a pesar de lo escaso del porcentaje de aciertos verá algún tipo de Apocalipsis pitagórico acechando en la ultratumba.
Pero uno de los méritos que El número 23 puede tener es transmitir la obsesión de un personaje que se degrada desde el escepticismo inicial, atacar desde su argumento expresado en varios de sus protagonistas su escasez de lógica, y a pesar de ello crear interés con base tan nimia al terminar defendiendo su realidad.
Mientras su letanía anecdótica nos habla de las 23 letras que forman nuestro alfabeto, de los 23 grados del eje de la tierra, de los 23 cromosomas que aporta cada padre a la formación del ADN, de los 23 segundos necesarios para que la sangre circule por nuestro cuerpo, del 23 que suman las 8,15 horas a las que se bombardeó Hiroshima, etcétera, será fácil que caigamos en la duda o nos escandalicemos con la butaca número 23 que ocupamos, con la suma de dígitos de nuestra matrícula, con cualquiera de los juegos que se defienden en cada fotograma de la cinta, cuyo mismo rodaje se inició un día 23.
Llegado cierto punto comprobaremos por nuestra cuenta que el 11 de septiembre del 2001 (11, 9, 2001) suma 23 mientras paralelamente los acontecimientos se suceden en la pantalla. El personaje de Carrey manifiesta una locura que gracias a su conexión con el público se hace comprensible, su capacidad de atracción y lo maquinado de su relato al límite ganan varios puntos de interés. Además la recreación en imágenes aportada por Schumacher, que se explaya cada vez que Sparrow se adentra en su libro con un universo de estética videoclip recargada, de pura locura, cuando no nos cuenta parte de la vida de su protagonista en el curso de un zoom imposible, forma una base para seguir siendo cómplice.
Posteriormente, el desenlace ha de estar a la altura de la propuesta e inevitablemente hay usos chirriantes que atacan con su virulencia una credibilidad que se fundamentaba tan sólo en una ilusión novedosa, y lo que estaba al límite termina por cruzarlo. El inicio del cambio en la vida de Sparrow se produce cuando un buen día en su trabajo de recogida de perros abandonados sufre un percance con uno de ellos. El animal en cuestión acabará convertido en un símbolo irritante y pseudoparódico cuando la trama ha enloquecido con la excusa de la neurosis que se está apoderando de los allí presentes.
Todo el último tramo se abandona pues a un efectismo tan difícil de reprimir como desbordante y en donde la saturación e inconsistencia de las decisiones finales han dejado parte de su encanto algo tocada. Eso sí, su propuesta se queda y cala en el espectador, y junto a los momentos de relativo asombro y aspectos técnicos son su mejor baza.
Por si alguno se lo pregunta, la fecha del 11 de marzo del 2004 no suma 23.
El 14 sí.