No se le puede objetar al realizador una clara capacidad para la creación de atmósferas obscurantistas, momentos pesadillescos, estéticas malsanas.
Nos permitirá el lector que enumeremos ciertos elementos que sirvan de humilde prólogo para lo que hoy nos ocupa: un gran caserío en mitad del bosque que había sido en tiempos un colegio católico que acogía a infantes huérfanos, una madre traumatizada por la pérdida de un hijo, un matrimonio con problemas de comunicación, niños que hablan y juegan con espíritus, fantasmales apariciones que pueblan la casa, ruidos nocturnos que recorren sus pasillos, y un terrible secreto escondido en la buhardilla de la gran residencia. ¿Le suena de algo? Si la respuesta es afirmativa, el lector ha de saber que estamos ante la última propuesta española centrada en el género de terror espectral. Bajo el título de No-Do, viene dirigida por Elio Quiroga y merece mencionarse que ya ha sido adquirida por alguna avispada compañía norteamericana para complacer a las audiencias ávidas de espíritus inquietos.
El cine español ha consagrado una parte de su filmografía más reciente al cine de terror recreativo con suerte desigual. Nombres como Alejandro Amenábar, Jaume Balagueró, Juan Antonio Bayona o Elio Quiroga, entre otros tantos, nos han obsequiado con propuestas dedicadas a este género cuyos derroteros han obtenido diferente fortuna, siendo las más celebradas objeto de exportación para el mercado norteamericano, cuya producción ha intentado repetir fórmula y éxito en innumerables ocasiones.
Debemos suponer, pues, que la compra de los derechos de distribución de No-Do –título convenientemente transmutado en The Beckoning (El reclamo), más apropiado para las audiencias yanquis-, responde a las motivaciones monetarias que confirman la respuesta segura de un público que busca el susto garantizado y los caminos fáciles de recorrer.
Porque Quiroga, gran entusiasta del género, escribe y dirige un rutinario relato de fantasmas al uso. Decide nutrirse de todos los elementos que ha digerido a golpe de años de visionado de obras que han gozado de un mayor impacto social –mencionemos para el caso Los otros, Frágiles o El orfanato- y traerlos a colación en una mezcla cercana a la indigestión y al absurdo. Construye la peripecia argumental alrededor de una excusa histórica, a modo de envoltorio, que parece pretender insuflar cierta entidad a la banalidad de la que hace gala, y la atractiva premisa que dibujan sus primeros minutos rápidamente se diluye en sus fantasmagóricas imágenes.
En ellos, se nos sitúa entre 1943 y 1956, años en que varios empleados del “No-Do” trabajaron en secreto para el Vaticano y la curia católica. Recorrían España, cámara al hombro, documentando todo suceso supuestamente milagroso e inexplicable para consagrar el territorio patrio como centro de la cristiandad. Todas aquellas grabaciones fueron guardadas en el Vaticano y surgió el mito y el rumor sobre su contenido. Tiempo después Francesca y su marido se mudarán a una casa de campo donde experimentarán extraños sucesos, cuya respuesta parece encontrarse en un “No-Do” secreto que acabarán descubriendo.
El malabarismo de estos elementos remite a una pasmosa acumulación de lugares comunes, a unas justificaciones argumentales de andar por casa, a unas interpretaciones artificiales capitaneadas por una poco inspirada Ana Torrent, y a una estructura narrativa entre evidente y plomiza, que culmina en su espantoso tramo final, desbaratando el resultado. Sin embargo, si bien Quiroga no se vale con el desarrollo de su guión, o con los equilibrios narrativos, no se le puede objetar al realizador una clara capacidad para la creación de atmósferas obscurantistas, momentos pesadillescos, estéticas malsanas, y una pretendida sensación de incomodidad que agasaja al espectador.
En definitiva, estamos ante la enésima propuesta vernacular dedicada al cine de terror esforzada, aunque débil, y que por tanto no convence en su conjunto quedando sólo en otra película de fantasmas.