El director dota a su engendro de una estética de videoclip hiperbólico, saturado de planos, colores y secuencias enmarcadas en los extremos.
Resulta lógico que una serie del calibre de Gossip girl, bautizada por algunos expertos estadounidenses en crítica televisiva como el mejor teen drama de todos los tiempos, tuviera su trascendencia en productos posteriores. Lo que sorprende sobremanera es que Joel Schumacher, quizás un tanto falto de inspiración creativa, haya apostado por un cuasi-plagio de la misma, hasta el punto de haber escogido a Chace Crawford, uno de los personajes pilares del serial, como protagonista epicéntrico de Twelve.
Si en Gossip girl asistimos a las escapadas pervertidas de un grupo de adolescentes imposibles, definidos como la élite de Manhattan, que juegan a la vida adulta más dislocada mediante chantajes, correrías sexuales, severos coqueteos con las drogas y demás lindezas, Twelve reproduce casi miméticamente los mismos parámetros pero sin la sinvergonzonería y el saludable cachondeo de aquella. Es la prueba de que Schumacher ha concebido Twelve desde la urgencia de un castigo ético, tomándose a sí misma demasiado en serio.
La cinta está planteada como un constante vaivén de teenagers cuyo nexo de unión es un joven traficante de drogas cuya vida ha sido arruinada por las circunstancias (Crawford en una interpretación más contenida de lo que cabía esperar) y cuyas vidas están insólitamente marcadas por el número doce. Schumacher toma un guión ajeno, que a su vez se basa en una original novela de Nick McDonell, para construir un entramado de caracteres adolescentes de distinta estirpe y clase social vinculados a las drogodependencias, a la locura de la juventud y a la vida observada desde una óptica degradada.
Temáticamente, la historia no es nueva sino que es una nueva vuelta de tuerca a un subgénero una y mil veces visto. Pero el director dota a su engendro de una estética de videoclip hiperbólico, saturado de planos, colores y secuencias enmarcadas en los extremos. Lo que más interesa de Twelve es una estructura narrativa que disloca la continuidad de espacios y rostros, además de abrazar, con marcado pulso arrítmico, la desesperación existencial de sus personajes, por los cuales siente un profundo desprecio, con la excepción más que evidente del Gossip boy Crawford.
Twelve supone la ambiciosa visión de una generación perdida que carece de estabilidad o de una posible redención. Son sus planteamientos tremendistas los que la tornan en algo demasiado obvio y los que provocan una considerable distancia de las vidas dibujadas. Es un producto aceptable, sí, pero sus lecciones morales sobran.