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SITGES: 43ª EDICIÓN
[ SÁBADO, 16 DE OCTUBRE]
No habíamos hecho ningún pronóstico sobre la posible ganadora de esta edición de Sitges que ahora concluye, pues, como parafraseaba humorísticamente hace unos días un colega, “los designios de los jurados son inescrutables”.
En cualquier caso, de que nuestra opinión no coincide en absoluto con la del jurado da cuenta el hecho de que vimos Rare Exports: A Christmas Tale el pasado domingo 10 de octubre, y no la habíamos considerado digna de ser reseñada en nuestro resumen diario de la jornada. Sin embargo, el jurado de la edición nos ha dejado en evidencia otorgando a la realización del finlandés Jalmari Helander nada menos que los premios a la mejor película, el mejor director y la mejor fotografía, por lo que rescatamos nuestra opinión sobre ella antes de hablar de otras cintas y cerrar estas crónicas sobre la 43ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña.
Desde luego, Rare Exports es una película insólita. Se basa en unos cuantos cortometrajes firmados por el propio Helander entre 2003 y 2007, lo que se nota en la concreción de su ópera prima en el largo, poco más que una única idea embarullada innecesariamente hasta unos escasos ochenta minutos que parecen más. Una idea, eso sí, original y perturbadora, pues supone la reinvención de la figura de Papá Noel desde una perspectiva de aventuras y terror en apariencia juvenil pero a la postre de orden casi primigenio: el gordo cabrón esponsorizado por la Coca-Cola pasa a ser una criatura monstruosa ávida por castigar nuestras malas acciones, aunque eso poco le importa a un grupo de garrulos decididos a hacerse con él y sus “ayudantes” con propósitos económicos. Que sí, que el público puede hacer la ola con ella, que te ríes y tal, pero no trasciende en ningún momento su condición de producto cool de la temporada. Y esperamos por su salud mental de Jalmari Helander que su próximo proyecto no tenga que ver también con Santa Claus…
Tampoco Red Hill (Sección Oficial Fantástica a Competición - Panorama), programada en los últimos compases del certamen, cumple con las expectativas, en su caso auspiciadas por Internet y los programadores. Se trata de un neo-western australiano sobre un policía novato que, en su primer día destinado en una pequeña población, se ve implicado en la brutal venganza que lleva a cabo un aborigen contra las fuerzas vivas del lugar. Meticulosa y apasionada, Red Hill busca a toda costa hacerse un hueco en el cine de género, pero a su joven protagonista le falta carisma y a la historia le sobran meandros e idas y venidas. Además, tiene demasiado buen rollo, lo que nos decepciona estando entre sus productores el Greg McLean de la salvaje Wolf Creek.
Hablemos, por último, de Let Me In (Sección Oficial Fantástica - Galas), remake estadounidense en sólo dos años de la cinta sueca Déjame Entrar, ya de culto para muchos aficionados. Desgraciadamente para la recién renacida productora Hammer y el director Matt Reeves (Monstruoso), responsables de esta nueva mirada sobre la extraña relación entre un chaval apocado y una vampira atrapada en el cuerpo de una niña, Let Me In es excelente; en algunos aspectos, superior incluso a la película original de Tomas Alfredson. Y decimos desgraciadamente porque, entre los talibanes que la rechazarán sin verla o haciéndolo con todo tipo de prejuicios debido a su condición de remake, un público que ha rechazado la película por sórdida, y críticos que no se enteran de nada, Let Me In va a pasar por el mundo sin pena ni gloria. Y es una pena porque, repetimos, a su propia manera se trata de una propuesta tan exquisita como Déjame Entrar.
Y hasta aquí nuestras crónicas sobre esta 43ª edición del que es uno de los mejores festivales del mundo consagrados a ese gran género que es el fantástico; una edición ni brillante ni deleznable, escasa en cuanto a títulos memorables pero tampoco abundante en bodrios, como sí ha sucedido en tiempos recientes. Una edición en la que el verdadero gran tema, poco subrayado en nuestra opinión, ha sido el de los retos que afronta nuestra sociedad ante una depresión socioeconómica y de valores muy profunda. ¿Qué estamos dispuestos a hacer para vencerla y vencernos a nosotros mismos? ¿Hemos pensado en que el camino para esa superación puede no tener retorno y estar sumido en las tinieblas? ¿Nos atreveremos a creer en que la ética puede marcar la diferencia, cuando todo lo que nos rodea nos incita seductoramente a lo contrario?
Mi agradecimiento a la organización del festival, que en líneas generales ha cumplido holgadamente con su cometido. A nuevos amigos como Alberto Rodríguez y Javi Ruiz. A Miguel Giner, director de FanDigital, que parece estar día y noche al quite para actualizar y completar estos contenidos. A Tonio Alarcón, ejemplo de admirable profesionalidad en esto de la crítica y excelente persona. A la band of brothers de Miradas de Cine: Sergio Vargas, José David Cáceres, Javi Pulido, Lolo Ortega y Roberto Alcover; aunque me dé miedo cenar con ellos, espero que me sientan comprometido con el proyecto. Y a otra band of brothers, la de CosasDeCine.COM: Rosendo Chas, Óscar Pablos, Álvaro Peña y Víctor de la Torre; la pasión por el cine en estado puro, sin adulterar. A mi hermana Ana, sin cuya generosidad estas crónicas habrían sido inviables. Y, last but not least, mi agradecimiento a Nuria García. Ella sabe el porqué, y con eso basta.
Acabo de guardar la acreditación de prensa correspondiente a esta edición de Sitges, y ya estoy mirando en el calendario qué días de octubre podrían acoger la de 2011. Empieza la cuenta atrás…
[ VIERNES, 15 DE OCTUBRE]
Si el lunes 11 de octubre reseñábamos cuatro películas asiáticas haciéndonos eco de la predilección de Sitges por el cine producido en aquellas latitudes, hoy nos vemos obligados a hacer lo mismo, habida cuenta de las muy atractivas propuestas que se nos han vuelto a ofrecer.
La primera y más exótica, también la más intocable, es El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (Sección Oficial Fantástica a Competición). Realización del para muchos mejor cineasta del mundo en activo, el tailandés Apichatpong Weerasethakul, El tío Boonmee… ya ganó la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, y por aquí ha sido recibida por algunos como el segundo advenimiento de Cristo. Cuenta la historia de un hombre muy enfermo que acude al campo con sus allegados para morir en paz; la aparición de los fantasmas de su mujer fallecida y un hijo perdido años ha, le hacen afrontar su extinción con un nuevo espíritu.
Película llena de imágenes bellísimas y de profundo calado sensitivo, siempre en el estilo natural/naturalista que caracteriza al director de Tropical Malady, El tío Boonmee… también abunda en momentos de humor idiota, tedio contemplativo y pretensiones poco concluyentes. El conjunto destila originalidad y una meritoria confianza en las posibilidades mistéricas de la imagen, pero a la vez transmite cierta sensación de volubilidad y capricho, hasta de simpleza, que nos distanció mucho de ella.
Aunque pasemos por frikis, mucho más hipnótica nos pareció I saw the devil (Sección Oficial Fantástica Especiales Panorama), cumbre en la filmografía del director surcoreano Kim Ji-Woon, firmante previo de cintas tan interesantes como A tale of two sisters (2003), A bittersweet life (2005) y El bueno, el malo, el loco (2008).
En nuestra opinión, I saw the devil puede que sea la mejor película sobre asesinos en serie desde Se7en: el enfrentamiento sin cuartel entre un psicópata y la pareja de una de sus víctimas, agente del servicio secreto surcoreano, no se desarrolla únicamente como un thriller angustioso y feroz, sino como una reflexión sobre las limitaciones de nuestro contrato social para tratar con el mal, y el precio a pagar para quien se atreva a mirar los abismos insondables en que puede pudrirse el alma humana.
Asuntos que también han tratado en esta edición Les 7 jours du talion o 5150 Rue des Ormes, aunque sin la contundencia y el valor de I saw the devil, propuesta inabarcable en una mísera reseña que concluye sin respuestas fáciles ni tranquilizadoras para el espectador. Junto a Super, lo mejor de Sitges 2010.
Tampoco está nada mal Bedevilled (Sección Oficial Fantástica a Competición), madura ópera prima de otro realizador surcoreano, Jang Cheol-soo, hasta la fecha asistente del celebérrimo Kim Ki-duk. Una historia de amistad traicionada, contrastes entre caracteres y entre el campo y la ciudad y desilusiones adultas, que atraviesa numerosos géneros (del drama social al gore) sin resentirse demasiado el saldo global. Similar en algunos aspectos a la producción tailandesa Slice (Sección Midnight X-Treme), Bedevilled sólo tiene un par de problemas: le falta personalidad propia, marcada, más allá de sus envoltorios sucesivos; y peca de banal y moralizante en sus últimos minutos.
Nuestro último comentario de hoy se centra por tercera vez en una producción surcoreana, lo que puede dar una idea al lector sobre la variedad y calidad de aquella cinematografía. Nos referimos a The Housemaid, remake de un título realizado en 1960 por Ki-young Kim, que ha reescrito y dirigido Im Sang-soo. Una combinación de melodrama y reflexión sobre la lucha de clases, a partir de las desventuras de una joven niñera en el hogar de una familia adinerada. Es posible trazar similitudes con otra película de Sang-soo, La esposa del buen abogado (2005), pero en The Housemaid todo es más (demasiado) correcto argumental y formalmente, de modo que las intenciones críticas se diluyen y a la emoción le cuesta aflorar. La factura técnica y las interpretaciones, soberbias.
[ JUEVES, 14 DE OCTUBRE]
Escribo la crónica correspondiente a la jornada de cine vivida en Sitges el jueves 14 de octubre mientras, en la habitación vecina, dos gays se entregan a una apasionada sesión erótica que incluye cachetes, incomprensibles movimientos de muebles y gañidos en holandés. Es un recordatorio de que esta preciosa localidad ha dado tradicionalmente para bastantes más cosas que el cine, y de que a estas alturas del festival uno está deseando volver al hogar para disfrutar también de una revigorizante sesión de sexo sadomasoquista, tras tantos días de inactividad en la butaca.
Pero, por ahora, hemos de seguir cumpliendo con el deber crítico. Y lo curioso es que alguna de las películas vistas nos ha sumido, siquiera en la ficción, en las delicias del placer y el dolor extremos. Nos referimos por ejemplo a Les nuits rouges du bourreau de jade (en la imagen; Sección Oficial Fantástica a Competición), una fantasía erótico-cinéfila dirigida a cuatro manos por dos críticos especializados en cine de género, Laurent Courtiaud y Julien Carbon.
Junto a Inju (Barbet Schroeder, 2008) o las recientes entregas cinematográficas del agente secreto OSS 117 a cargo de Michel Hazanavicius, Les nuits rouges… da cuenta de la reivindicación en los últimos tiempos por parte de la industria gala de la subcultura popular que hizo furor en pasadas décadas. El excelente thriller de Carbon y Courtiard, cuyo argumento en torno a la disputa por un milenario sello de jade es una simple excusa, homenajea el cine trash de Hong Kong, el giallo, las cintas de espionaje de los sesenta… con un regusto fetichista, estético y cruel que presta toda su atención a los tacones, las ataduras de cuero, las torturas inimaginables y un variado muestrario de belleza femenina (encarnada por la estrella porno japonesa Kotone Amaniya o la actriz de culto hongkonesa Carrie Ng). Una película que sólo puede disfrutarse en clave de imagen referencial.
Cold Fish (Sección Oficial Fantástica a Competición - Panorama) es susceptible asimismo de generar emociones fuertes, aunque de tipo moral y visceral. Su director, el japonés Sion Sono, cuenta con ardientes defensores gracias a títulos tan revulsivos como Suicide Club (2002) y la muy recomendable Love Exposure (2007). En Cold Fish, Sono se muestra casi comedido, contando en sólo 144 minutos una historia coherente y lineal acerca de la peculiar relación que establecen dos dueños de acuarios, el primero un perdedor y el segundo un hombre carismático que se revela muy pronto algo bastante menos aceptable.
Puede que sorprenda esta afirmación pero, a pesar de la violencia extrema y sordidez que la segunda mitad de su metraje, Cold Fish es en esencia una drama de personajes al estilo de Woody Allen, aunque con esteroides; una película que nos habla de elecciones vitales, mentiras existenciales, el precio de la frustración y la ilusión de la libertad. Por debajo de sus apariencias, Cold Fish es cine clásico.
Por comparación a las anteriores, Monsters (Sección Oficial Fantástica a Competición) es más convencional, aunque en Estados Unidos se le haya colgado apresuradamente la etiqueta de película de ciencia-ficción de la temporada, recogiendo el testigo de Distrito 9. Ópera prima de un técnico en efectos visuales, Gareth Edwards, Monsters relata cómo en un futuro cercano existe una zona entre Estados Unidos y México sometida a cuarentena debido a la presencia de criaturas alienígenas; dos norteamericanos tratarán de cruzar la región por motivos largos de explicar, y tendrán que lidiar no ya con los monstruos del título, sino con todo un nuevo ecosistema que hace trizas las convenciones territoriales preexistentes.
Monsters ofrece lecturas interesantes sobre varios temas; pero pierde demasiado tiempo antes de entrar en materia, seguramente para soslayar su escaso presupuesto, y juega a lo sugerente sin que se aprecie en el fondo un discurso de relevancia. Es una de esas propuestas que todo el mundo tacha de “interesante” con un matiz claro de decepción.
Por último, reseñemos La bocca del lupo, una delicatessen programada adecuadamente en el apartado “no ficción” de la sección Nuevas Visiones. Primer premio en el Festival internacional de Cine de Turín, se trata de un documental rodado a solicitud de una institución jesuítica por el italiano Pietro Marcello, cuyo epicentro es la localidad de Génova: su historia, su arquitectura, sus gentes. Bella y muy melancólica en sus mejores y más abundantes momentos, algo pretenciosa en los menos, La bocca del lupo es la crónica del amor/odio que han experimentado durante décadas dos habitantes marginados de la ciudad, Enzo y Mary; y, a la vez, una crónica de amor/odio hacia la propia Génova. Cine exigente con el espectador, en la línea del que firman autores tan reputados como Terence Davies y José Luis Guerín.
[ MIÉRCOLES, 13 DE OCTUBRE]
Manejando sin duda los ritmos de proyección con astucia, los responsables del Festival de Sitges han programado para esta jornada y la próxima un puñado de películas que oscilan entre lo curioso y la simple mediocridad, con vistas a que nadie llegue saturado a los fuegos artificiales de despedida que supuestamente nos esperan el viernes 15 y el sábado 16 de octubre.
Las mejores de todas ellas puede que hayan sido La Doppia Ora (Sección Oficial Fantástica Especiales Panorama) y Les 7 jours du talion (Sección Oficial Fantástica a Competición - Panorama). La primera es un thriller adulto del italiano Giusseppe Capotondi, que procuró a su perturbadora protagonista femenina, Kseniya Rappoport, la Copa Volpi a la mejor actriz en la última edición del Festival de Venecia.
La misteriosa trama de La Doppia Ora gira en torno a una inmigrante que se gana la vida limpiando en un hotel, hasta que se enamora de un hombre junto al cual es víctima de un acto criminal en el que no todo es lo que parece. Cinta desde luego sugerente y ambigua, que aborda sutilmente asuntos tan atractivos como el destino o el amor verdadero y sus simulacros, La Doppia Ora deja a la postre una sensación agridulce, pues no resulta ni mucho menos tan brillante como parece; por ello, las arbitrariedades que malogran su segunda mitad no dejan de parecer eso mismo, arbitrariedades, y no los fascinantes sucesos que se pretende.
Tampoco apura todas sus posibilidades la realización del canadiense Daniel Grou Les 7 jours du talion, relato grave sobre un padre de familia que venga la violación y asesinato de su hija secuestrando al culpable y torturándole durante una semana. Si fuese asiática, la cinta de Grou habría sido un baño de sangre, pero aquí se opta por la elegancia, incluso la frialdad, con el fin de que el espectador pueda reflexionar a gusto y debatir interiormente unas conclusiones que están lejos de ser políticamente correctas. Los problemas de Les 7 jours du talion residen en cierto estancamiento narrativo, pues a partir de cierto momento lo hechos no hacen otra cosa que dar vueltas sobre sí mismos; y en el dramatismo convencional con que se retratan los sentimientos de algunos personajes. Pero se trata en cualquier caso de una película recomendable.
También lo es en nuestra opinión Miyoko (Sección Nuevas Visiones - Ficción), aunque no opinaron lo mismo ciertos espectadores que compartieron con nosotros su visionado. Escrita y dirigida por el japonés Yoshifumi Tsubota, Miyoko es un biopic del artista de manga Shinichi Abe, centrado sobre todo en su relación con su esposa Miyoko y en sus años de mayor actividad profesional. En el fondo, nos hallamos ante la crónica de alguien que ha pasado su vida tratando de recuperar el esplendor en la hierba amoroso y artístico de su juventud, por supuesto sin conseguirlo. Y, aunque en sus últimos compases Miyoko apunta la idea de que al menos la obra del creador perdura y sigue inspirando a nuevas generaciones, el conjunto respira una melancolía y una derrota considerables, gracias sobre todo al intimismo preciosista de sus encuadres.
La decepción de la jornada, por desgracia, es española. Nos referimos a La posesión de Emma Evans (Sección Oficial Fantástica Especiales Panorama), una película auspiciada por la agonizante productora y distribuidora Filmax, que vuelve a dar cuenta de lo oportunista de su política. Segundo largo de Manuel Carballo tras El último justo (2007), La posesión de Emma Evans versa como su título indica sobre posesiones y exorcismos, con una sorpresa de última hora que intenta justificar un conjunto visto mil veces desde El exorcista (1973) y La Profecía (1976). Algo que no sólo no se logra, sino que está a punto de precipitar la ficción por el abismo del ridículo a base de inconsistencias y absurdos. Que la factura técnica sea correcta, y la realización de Carballo dé el pego en cuanto a modernizar para el público potencial de hoy un tema muy manido, no hace de La posesión de Emma Evans un producto mínimamente necesario.
[ MARTES, 12 DE OCTUBRE]
Los festivales acogen tres tipos de películas: las buenas, las malas, y las inolvidables; las que marcan la edición en la memoria cinéfila. Todavía estaba porque Sitges nos ofreciese este año esa película, pero ya lo ha hecho: Super (Sección Oficial Fantástica - Galas) es una obra maestra absoluta, la consagración de James Gunn, forjado en la factoría Troma y conocido hasta la fecha por su guión para Amanecer de los Muertos (Zack Snyder, 2004) y por la gamberra Slither: La Plaga (2006).
¿De qué va Super? En principio, como Special o Defendor, es una mirada “entre las viñetas” al universo de los sueños superheroicos, la odisea de un infeliz que pierde a su mujer y decide vestirse de mallas para remediar lo que considera una injusticia. Ya sólo en ese aspecto, podría decirse que Super es la mejor película jamás realizada sobre el choque entre las fantasías alienantes y la dura realidad, con una mezcla tonal de pop jovial y gravedad moral que deja a Kick-Ass como un simple esbozo del mismo tema.
Pero es que Super va más allá, convirtiéndose en una reflexión sobre el sentido del deber, la autorrealización, la fe en uno mismo y en el devenir del mundo, de insólita incorrección política y altísima carga emocional. El maravilloso reparto, encabezado por Rainn Wilson (The Office), una memorable Ellen Page, Kevin Bacon y Michael Rooker, y una potentísima selección musical, terminan por acotar una película, como decíamos, inolvidable ya desde sus créditos animados iniciales.
Pero Super no fue la única alegría de la jornada. Insidious (Sección Oficial Fantástica a Competición - Panorama) es un nuevo paso adelante en la filmografía de James Wan, director de Saw y Sentencia de Muerte. Esta versión actualizada y muy macabra de Poltergeist (1982) demuestra hasta qué punto Wan es un estudioso del cine que le ha marcado como artista, devuelto al espectador con un dominio admirable del tempo narrativo, la puesta en escena y los elementos escenográficos. Insidious, como The Ward de John Carpenter, no es una película redonda pero sí un ejemplo de cine de género realizado con empeño, sabiduría y respeto hacia el fan.
Más desconcertante resultó Vanishing on 7th Street (Sección Oficial Fantástica - Galas), con la que Brad Anderson reincide en los escalofríos en el filo de la nada que ya caracterizasen Sesión 9 (2001, todavía su mejor película), El maquinista (2004) y Transsiberian (2008). En Vanishing on 7th Street, Anderson cuenta la invasión del mundo por una oscuridad literal y metafórica de la que luchan por escapar varios supervivientes. La película comienza muy bien, Anderson es un director elegante y un narrador eficaz, pero al final no queda claro si nos hallamos ante un ejercicio de suspense o ante una alegoría que no hemos logrado aprehender.
Por último, hablaremos de Everything Will Be Fine (Sección Nuevas Visiones - Ficción), thriller del prestigioso cineasta danés Christoffer Boe. Boe ha logrado cierta fama en el circuito cinéfilo y de festivales gracias a Reconstruction (2003) y Allegro (2005), dramas desgarrados y naturalistas en los que tiene un papel importante el debate entre la creación artística y la realidad. Sucede lo mismo en Everything Will Be Fine, puzzle narrativo en torno a un cineasta sumido egocéntricamente en una crisis creativa que encuentra inspiración en unas peligrosas fotos sobre torturas cometidas por el ejército danés en Irak. Excelentemente montada y con atractivas ideas tanto a nivel argumental como formal, Everything Will Be Fine termina sin embargo por perder gas y resultar un tanto convencional, pese a pretenderse en los últimos compases lo contrario.
[ LUNES, 11 DE OCTUBRE]
Si hay una cinematografía mimada en Sitges, es la oriental. La labor del certamen es encomiable, pues ha descubierto para el público habitual a numerosos realizadores de acción real y animación de aquellas latitudes; pero también es verdad que el apoyo se nos antoja a veces excesivo, programándose cualquier cosa que rueden ciertos cineastas.
Es el caso del japonés Takashi Miike, enfant terrible prolífico y desprejuiciado mucho menos interesante cuando intenta ir de ingenioso y epatar a sus acólitos (Zebraman, Izo, Ichi the Killer) que cuando aplica su naturaleza inequívocamente posmoderna a revisar constantes de la ficción y del cine comercial (Audición, Imprint, Visitor Q, Big Bang Love Juvenile A, Yatterman).
Thirteen Assassins (Sección Oficial Fantástica a Competición) se inscribe por fortuna en el segundo grupo, y de hecho es una de sus mejores películas, a partir de una cinta original realizada en los sesenta por Eichi Kudo. Con ecos de Akira Kurosawa y Sam Peckinpah, Miike cuenta una historia crepuscular sobre la decadencia del shogunato en el Japón del siglo XIX, fabulada a través del intento de trece samurais por eliminar a un cruel tirano feudal. Clasicista por un lado y, por otro, muy crítica con ciertas convenciones historicistas y el disfrute de la violencia (el villano de la función es una figura muy incómoda para el espectador), Thirteen Assassins fluye con esa facilidad reservada a los directores curtidos, hasta el punto de que bien podría ser muda, especialmente durante la última hora de metraje, pura acción que corta el aliento.
También podría haber prescindido de los diálogos Takeshi Kitano en Outrage (Sección Oficial Fantástica a Competición - Panorama), cine de mafiosos con el que el célebre director también japonés parece salir del marasmo creativo que compartió con el público en Takeshis’ (2005), Glory to the filmmaker! (2007) y Aquiles y la tortuga (2008). En este caso, el silencio de los personajes hubiera correspondido con justicia a sus estúpidos comportamientos, incapaces de escapar al principio de acción y reacción, al círculo vicioso de la violencia por el poder. Durante 110 minutos, Kitano muestra únicamente continuos actos de sadismo y represalias entre familias de yakuzas, para terminar básicamente donde empezó. Lo extraño es que la desesperanza que transmite Outrage tiene relación con los títulos previos citados de Kitano, lo que nos hace preguntarnos si, en su monotonía y mecanicismo, su última película no seguirá siendo un grito de auxilio por parte de un cineasta demasiado autoconsciente y cansado.
The Shock Labyrinth (Sección Focus 3D) es una propuesta muy diferente, un producto comercial sin pretensiones rodado en tres dimensiones por Takashi Shimizu (responsable de la saga El Grito), que vimos básicamente por aquello de disfrutar en la mejor sala del festival, el Auditori, de una proyección digital y con la tecnología de moda. Lo mejor que puede decirse de The Shock Labyrinth es que Shimizu no abusa del 3D, sino que lo integra en lo contado. Lo malo es precisamente que lo que nos cuenta, el regreso de unos jóvenes a una misteriosa atracción donde de pequeños aconteció algo traumático, es muy poquito, y está alargado hasta la exasperación para rellenar un metraje estándar.
Pero casi peor es lo de Dream Home (Sección Oficial Fantástica a Competición), realización del hongkonés Pang Ho-cheung que trata de aunar pretenciosamente la denuncia social, y más en concreto la situación inmobiliaria en su país, con un festival de gore retorcido a cuenta de una joven que hará lo posible y lo imposible por conseguir la casa de sus sueños. Premiosa y estructurada en saltos temporales para otorgar más peso a lo narrado, Dream Home no deja de ser un producto tramposo del que sólo merecen recordarse los abracadabrantes asesinatos, que despertaron la risa y los aplausos de la platea. No parece gran cosa, a la vista de los temas presuntamente serios que aborda Ho-cheung.
[ DOMINGO, 10 DE OCTUBRE]
El domingo ha sido una jornada en la que han primado las formas sobre los trasfondos. Siempre debería ser así, pero sabemos que en demasiadas ocasiones las películas no satisfacen a nivel audiovisual lo que proponen argumentalmente, y el crítico se ve obligado a inferir los discursos basándose en pistas antes que en pruebas sólidas.
Y más que sólida, sin duda, es la filmografía del director estadounidense John Carpenter, uno de los cultivadores del fantástico más fieles y dotados de la historia del género: Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), La noche de Halloween (1978), 1997… Rescate en Nueva York (1981), La cosa (1982) o En la boca del miedo (1995) hacen perfectamente comprensible que fuera esperada con expectación su última propuesta, The Ward (Sección Oficial Fantástica – Especial Panorama).
Lo que nos cuenta The Ward, cómo una chica problemática ingresada en una institución mental y otras internas son acosadas por un siniestro fantasma, no tiene nada de especial; podríamos citar (si quisiéramos reventar la película al espectador) unos cuantos títulos con los mismos planteamientos y resolución. Sin embargo, sería absurdo pensar que Carpenter no era consciente de ello cuando aceptó filmar el guión de los hermanos Shawn y Michael Rasmussen posiblemente porque, debido a problemas de salud y a su pérdida de influencia en Hollywood, no tendría otra cosa que llevarse a la cámara.
Lo muy interesante de The Ward es cómo Carpenter sabe enaltecer con su inimitable estilo —reconocible por su elegancia y laconismo desde los primeros planos del film— todos y cada uno de los aspectos abordados por los Rasmussen, por pedestres y rutinarios que sean, haciendo gala de ese clasicismo con el que ha debatido en tantos títulos previos y que abraza en The Ward. El resultado, una experiencia premeditadamente anacrónica, o más bien intemporal, que se disfruta mucho más en tanto cine en estado casi puro que como película en concreto.
Ojalá que The Ward no sea la última película de John Carpenter. Pero, si eso sucediera, nos hallaríamos ante un bello efecto de resonancia con Siete mujeres (1966), obra póstuma de uno de los titanes del Hollywood clásico, John Ford. José F. Montero escribía hace unos años en Miradas de Cine sobre Siete mujeres en términos que bien podrían aplicarse a The Ward: “Ford ostenta la familar sobriedad y serenidad de su puesta en escena, la misma sencilla planificación en base a sostenidos planos de formato amplio, la misma valoración de las miradas y gestos cargados de sentido en plano general, sin necesidad de ningún tipo de subrayado […] Todo ello con el protagonismo del mundo femenino, en lo que supone una obvia e importante novedad en un universo como el del director de origen irlandés esencialmente masculino, pese a la indudable trascendencia de la mujer en sus películas”.
También en deuda con el estilo se encuentra Confessions (Sección Oficial Fantástica a Competición), de Tetsuya Nakashima. Crónica de una venganza contada desde el punto de vista de una maestra cuya hijita ha sido asesinada, pero también desde los de los alumnos culpables del hecho y sus familiares, Confessions aborda un asunto de perenne actualidad en Japón, el de la educación y la alienación de los jóvenes y sus efectos colectivos. Pero lo que cuenta ante todo es la apuesta formal de Nakashima, que combina un rigor extremo en la composición del encuadre con modos propios de la publicidad y los vídeos musicales, lo que genera una dialéctica puramente visual que se salda con el agotamiento del espectador. Película perturbadora y con cierta cualidad onírica, vendida por el propio director del festival, Ángel Sala, como una de las mejores de entre las programadas, Confessions tiene en nuestra opinión mucho también de globo inflado.
Y vamos a por otro ejercicio de estilo puro y duro: Secuestrados (Sección Oficial Fantástica a Competición), clara competidora a ganar como ha sucedido en el Festival de Austin el premio a la mejor realización, tan mecánica como efectiva en su relato del secuestro express de una familia por parte de unos delincuentes mayoritariamente albaneses.
Sin embargo, a diferencia de lo que le ha ocurrido a Paco Cabezas con Carne de Neón (Sección Oficial Fantástica - Galas) y su modelo (Guy Ritchie), el director y guionista de Secuestrados, Miguel Ángel Vivas, no ha logrado que las referencias cool que maneja pasen a adquirir una entidad propia. Así, con un ojo en el cine francés de terror extremo que tan de moda está en los últimos años, y otro en clásicos como Brian De Palma, Vivas construye una película que no da cuartelillo al público hasta el último instante, pero carente de segundas lecturas.
Doce planos secuencia se comenta que brinda Secuestrados, y por ahí deben andar también los que componen La casa muda (aunque pretendan ser solo uno), producción uruguaya que ha sido promocionada como el colmo del tour de force formal (rodaje con una cámara de fotos digital, iluminación natural), pero que durante muchos momentos carece del rigor y la verosimilitud deseables a la hora de narrar la odisea de una chica aparentemente atrapada en una vivienda con un misterioso asesino. Contradicciones tan flagrantes como el empleo de una machacona música extradiegética para aportar tensión al hiperrealismo de la puesta en escena, o un larguísimo y anticlimático epílogo tras los títulos de crédito, acaban por delatar la inconsistencia de La casa muda.
[ SÁBADO, 9 DE OCTUBRE]
Ha llegado a Sitges la borrasca que según nos cuentan había empapado antes el resto de España, y el hecho ha coincidido paradójicamente con una considerable mejoría en cuanto a las películas que hemos podido ver en las últimas horas.
Es el caso de The Last Exorcism (Sección Oficial Fantástica a Competición), éxito de público en Estados Unidos gracias a su ajustado presupuesto. “Es hora de preguntarse en qué cree, Dr. Jones”, retaba el villano de La Última Cruzada al bueno de Indy cuando la suerte de su padre dependía de ello. Antes o después, todos habremos de hacernos la misma pregunta ante hechos cuya resolución amenazará con poner en entredicho todo aquello que nos había sido más cómodo creer —o no creer— hasta entonces. El protagonista de The Last Exorcism, el reverendo Cotton Marcus, afronta la misma tesitura cuando viaja hasta una apartada granja para practicar un exorcismo a la joven Nell, acompañado por dos documentalistas. Marcus, como Graham Hess en Señales (2002), ha perdido su fe tras la muerte años ha de uno de sus hijos, pero simula gozar todavía de ella por puro pragmatismo. Sin embargo, lo que le sucede a Nell requiere de algo más que imposturas…
Nos hallamos ante el enésimo ejemplo de falso documental terrorífico, estilo del que fuese pionera El proyecto de la bruja de Blair y que han (sobre)explotado en los últimos años títulos como Monstruoso, REC, American Zombie, Paranormal Activity o Vampiros, simpática cinta belga también vista en esta edición. Sin embargo, al contrario que en la espantosa película de Oren Peli, sencillez no equivale en el caso de The Last Exorcism a simpleza. El director Daniel Stamm, que ya había practicado el formato en su ópera prima, A necessary death (2008), es riguroso a la hora de plasmar el naturalismo que acarrea la presunta filmación sobre la marcha de los acontecimientos, pero ello no impide que vaya sembrando pistas que precipitan un desenlace trabajado y sólo en apariencia chocante, así como tratar el personaje de Marcus con inteligencia y sensibilidad. Una película fiel a sus modestos planteamientos, que suscita una inquietud no ligada únicamente a los sobresaltos. Por cierto que, sotto voce, el tema de la fe o la falta de la misma se encuentran presentes en otros títulos programados, como la fallida producción surcoreana Possessed y la recomendable realización de Christopher Smith Black Death.
Ambiciones más obvias tienen Rubber (Sección Oficial Fantástica a Competición) y Sound of Noise (Sección Nuevas Visiones – Ficción), aunque la primera sale peor librada de ellas que la segunda, al estar más preocupada por resultar ingeniosa a toda costa que por llevar a las últimas consecuencias su fascinante propuesta conceptual: un neumático con vida propia se enamora de una viajera y asesina a todo el que se interpone entre su amada y él.
Quizás, Rubber estaba condenada a la frivolidad dado que su guionista y director, Quentin Dupieux, suele ejercer como productor musical con el pseudónimo de Mr. Oizo y con las tribus más modernitas de nuestra era como objetivo. El caso es que una trama secundaria que trata torpemente de justificar el absurdo de la principal, brinda sugerentes apuntes metafílmicos ya esbozados por Dupieux en su ópera prima, Nonfilm (2001); pero ahoga lo que de verdaderamente subversivo pudiese albergar Rubber. ¿Alguien se imagina lo que podrían haber sido noventa minutos de narración desde el punto de vista del neumático protagonista? Pues otra vez será.
Sound of Noise, por el contrario, lo da todo con un mínimo de pose (funcionando sin más a la perfección en clave de comedia) y un máximo de coherencia (apreciable en numerosas soluciones argumentales y visuales): un policía persigue a unos activistas decididos a impedir que la sociedad sueca sucumba a las melodías de ascensor, los politonos y los lugares comunes de la música clásica. Los terroristas demostrarán al mundo la conveniencia y hasta la necesidad de que la música vuelva a confundirse con la cotidianeidad, en vez de servir como simple vía de escape o distracción. Y el agente de la ley demostrará a los subversivos que a veces no hay nada más revolucionario que la orquestación del silencio. Una gozada de película, ópera prima al alimón de Johannes Stjärne Nils y Ola Simonsson, quienes ya habían manifestado inquietudes similares en algunos de sus cortos.
Por último, una cinta asocial y hastiada como hacía tiempo no veíamos: Notre Jour Viendra (Sección Oficial Fantástica - Galas), en la que Vincent Cassel y Olivier Barthelemy encarnan respectivamente a un psicólogo varado en una pequeña población francesa y a un inadaptado de la misma localidad. Ambos emprenden una huida a ninguna parte queriendo forzar que llegue su día, que las cosas puedan ser de otra manera, con los resultados que cabía esperar.
Primer largo de ficción de Romain Gavras (hijo del celebérrimo cineasta Costa-Gavras), Notre Jour Viendra es una road movie tan histriónica como finalmente conmovedora, aunque tengan más que ver en esto último las interpretaciones de Cassel y Barthelemy y la fotografía de Andre Chemetoff que las habilidades del realizador. Por otra parte, algunos le han echado en cara a la película que las motivaciones de sus protagonistas son difusas; pero cualquiera que se haya sentido como ellos se sienten al principio del film, no necesitará de un extenso background de sus vidas para empatizar con su rabia.
[ VIERNES, 8 DE OCTUBRE]
Hay ediciones de un certamen que se viven con más o menos alegría, y hay jornadas de proyección que se abordan con un talante más o menos receptivo. Por razones que no vienen al caso, esta edición del Festival de Sitges se nos está haciendo más cuesta arriba que otras, y la jornada de ayer nos resultó especialmente fatigosa, por lo que las opiniones que se vierten a continuación deberían ser acogidas por el lector con precaución (es decir, con más precaución que de costumbre).
También es verdad que no contribuyen a mejorar nuestro humor cosas como L.A. Zombie (Sección Nuevas Visiones – Ficciones Oscuras), del veteranísimo guionista y director canadiense Bruce LaBruce. LaBruce es un icono entre la cinefilia queer y underground, al que le ha dado en los últimos tiempos (véase Otto, programada asimismo en Sitges hace un par de años) por mezclar el fantástico y el porno gay con ánimo supuestamente rupturista y desestabilizador.
Lástima que cineastas tan marcados por cuestiones sexuales e ideológicas como LaBruce, estén más pendientes de hacerse dignos de la caverna (no importa su signo) en que se ha hecho un hueco con sus acólitos a golpe de complicidad, que de expresarse con un mínimo de esfuerzo artístico, no vaya a ser que le descomponga la pose. En el caso de L.A. Zombie, las correrías —en todos los sentidos— de un muerto viviente por las calles de Los Ángeles son monótonas, y risibles cuando tratan de apelar a lo mistérico, manifestando en conjunto una increíble falta de creatividad visual por parte de su responsable; algo que no tiene tanto que ver con la misérrima producción de la película como con la falta evidente de talento, casi meritoria teniendo en cuenta que LaBruce lleva en esto dos décadas.
Por ahí se ha escrito que L.A. Zombie pone a prueba la tolerancia sexual del espectador, pero en Sitges hay pocas ursulinas entre el público. Lo único que pone a prueba LaBruce es nuestra tolerancia crítica, y ésa nos la hemos dejado en casa.
Otro tanto podría decirse de Somos lo que hay (Sección Oficial Fantástica a Competición), cuadro de familia disfuncional en desintegración acelerada que se había intentado vender como la Canino (Kynodontas) de la presente edición, y que no da en absoluto la talla. Si en el interesante film del griego Giorgos Lanthimos (uno de los más destacados de Sitges 2009) la figura paterna dominaba a su clan a través de la perversión del lenguaje, en Somos lo que hay ha instaurado un régimen de canibalismo ritual cuyo orden se viene abajo cuando él fallece.
Sin embargo, mientras Canino jugaba sin concesiones con la sugerencia y la extrañeza, dejando al espectador libertad aunque fuera para exasperarse, Somos lo que hay opta por una prosaica materialidad en lo narrado que hace justicia a su título, supuestamente irónico. Las pugnas por el poder en el seno familiar entre los dos hijos varones y su cacería de víctimas alcanzan muy poco vuelo, y lo mismo puede decirse del retrato crítico de las autoridades y la sociedad de México, tópico y burdo. Para colmo, los últimos planos suponen un cambio brusco de registro que delata lo calculadamente provocador de la propuesta. Entre los organismos que han auspiciado Somos lo que hay se cuenta un tal “Centro de Capacitación Cinematográfica”, que nos tememos no ha hecho bien sus deberes con el guionista y director debutante Jorge Michel Grau.
Peor fue lo de A woman, a gun and a noodle shop (Sección Oficial Fantástica a Competición), película que sobre el papel prometía ser una de las más recomendables de la edición: ni más ni menos que un remake de la ópera prima de los hermanos Coen, Sangre Fácil (1984), a cargo del antaño infalible Zhang Yimou (La Linterna Roja, Ni Uno Menos, La Casa de las Dagas Voladoras). Visto el film, el único dato de interés reside en el hecho de que la cinematografía china ostente ya los medios y el ánimo como para recrear una producción estadounidense con el consumo interior como objetivo, algo que está haciendo Hollywood continuamente; un signo más de creciente poderío económico y cultural por parte del gigante asiático.
En cuanto a la película en sí, desastrosa. El intento por transformar el género en que se inscribía el original (cine negro con numerosos rasgos irónicos propios de la posmodernidad) en una suerte de ópera bufa ubicada en la China del siglo XVII, se salda con una falta de ritmo y sentido narrativo lamentables, que hacen de A woman, a gun and a noodle shop una experiencia aburrida hasta lo irritante. En ciertos momentos, Yimou parece reírse del cine espectacular y estetizante que ha caracterizado su última (y menos interesante) etapa como realizador; pero eso no basta para justificar noventa minutos de idas y venidas por un paisaje lunar a cuenta de un adulterio y varios planes de asesinato entrecruzados, que parecen el doble de metraje.
Si queda algún lector de esta crónica malhumorada, poco inspirada y depresiva, le premiamos con una reseña positiva: la de Red, White & Blue (imagen que ilustra el artículo; Sección Nuevas Visiones - Ficción). Nos temíamos lo peor, ya que su guionista y director, el británico Simon Rumley, aburrió hasta a las ovejas con su anterior y muy pretencioso largo, The Living and the Dead, visto en Sitges hace cinco ediciones. Sin embargo, Red, White & Blue constituye una alegoría penetrante, brutal y a veces insólitamente lírica sobre los Estados Unidos de hoy, cimentada sobre un triángulo de amor y muerte que acaba como el rosario de la aurora.
Habrá quien lamente el cambio de tercio tan salvaje que se produce entre las dos mitades muy diferenciadas del film, así como los detalles ampulosos a los que Rumley parece no poder sustraerse. Pero la turbia delicadeza con que se plasma el terrible paisanaje texano —humano y escenográfico— que llena las imágenes, hace de Red, White & Blue una de esas producciones inaprensibles y hasta discutibles de acuerdo con el razonamiento estricto, pero que calan profundamente a nivel visceral.
Mañana, comentarios sobre Rubber, The Last Exorcism, Sound of Noise y alguna otra película, que no serán ni mucho menos tan negativos como los de hoy. Imposible que lo sean, de todas maneras, ¿verdad?
[ JUEVES, 7 DE OCTUBRE]
La programación de la primera jornada hizo plena justicia a las pretensiones de los organizadores del Festival de Sitges por cubrir dos de sus objetivos declarados: ofrecer muestras de cinematografías emergentes (la serbia en este caso) y plantear un debate en torno a las nuevas formas de comunicación virtual.
Dos han sido las producciones serbias que ya hemos tenido la oportunidad de ver: A Serbian Film (en la imagen, Sección Oficial Fantástica a Competición – Panorama) y The Life and Death of a Porno Gang (Sección Nuevas Visiones – Ficciones Oscuras). Hace algunos años, Ivana Kronja ya avisaba sobre la preeminencia en aquel país (independiente sólo desde 2003) de un cine obsesionado con la representación del sexo y la violencia, como consecuencia venenosa de las guerras balcánicas que asolaron la región en la década de los noventa...
Tanto A Serbian Film (Sdrjan Spasojevic, 2009) como The Life and Death of a Porno Gang (Mladen Djordjevic, 2009) abrazan el tema y lo llevan al límite, pero sus modos formales no pueden ser más diferentes, lo que incide lapidariamente en sus resultados. La primera, que llega a Sitges con aura de película escándalo, es una soberana tontería, un producto efectista y tosco, apoyado en un montaje histérico, sobre un ex-actor de cine porno al que un siniestro director y productor brinda la ocasión de volver al género por última vez.
Felizmente casado y con un hijo, nuestro protagonista sucumbirá al ofrecimiento quizás por nostalgia, y se verá embarcado en un viaje a los infiernos cuya conclusión la prevé cualquier espectador mucho antes de que se produzca. El análisis sobre el estado de la cuestión serbia y la fascinación general con unas imágenes extremas que se han convertido en discutibles mediadoras sociales, pecan de discursivas y pretenciosas, y no pueden ocultar que se le está dando a quien mira más de lo mismo, sadismo sin refinamiento de ningún tipo. La grosera expresión “pollazo en el ojo” adquiere un sentido metafórico y literal exacto en A Serbian Film.
Mucho más interesante es la segunda, mezcla de relato hiperrealista y falso documental, adscrito como es norma en los últimos años al vídeo sin refinar, acerca de Marko, un joven e idealista realizador (vuelve a repetirse la reflexión metalingüística) que acaba rodando porno amateur y hasta snuff movies, secundado por una compañía itinerante que acaba constituyendo una gran familia.
Película en bruto, deslavazada e irregular, The Life and Death of a Porno Gang está sin embargo mucho más trabajada de lo que parece: Cuando se inicia el film, Marko expresa su deseo de crear una fábula exitosa apoyada en esencias serbias, y detrás suyo vemos los carteles de dos clásicos de culto, Pink Flamingos y The Rocky Horror Picture Show. Y ese será precisamente el modus operandi de la película que nos ocupa: la radiografía surreal de todos los estratos de la sociedad de aquel país y el devenir de las últimas décadas, a través de las peripecias enloquecidas y elegiacas de la troupe liderada por Marko. Un título a retener.
En cuanto a las dos películas que trataron el tema de la dependencia actual a Internet y las redes sociales, también eran muy opuestas en términos formales y argumentales. Chatroom (Sección Nuevas Visiones – Ficción) cuenta la tremendista historia de cinco jóvenes enganchados a un grupo de chat que liberan las frustraciones que les provoca la dura realidad cebándose los unos con los otros virtualmente. Maniquea, moralista y melodramática, a Chatroom sólo le falta que el último personaje que aparece en pantalla señale al espectador y le espete con firmeza “Di NO a Internet”. Que esté dirigida por Hideo Nakata, el antaño memorable firmante de Ringu (1998) y Dark Water (2002), sólo ha servido para acrecentar la desilusión.
Por fortuna, Catfish (Sección Nuevas Visiones – No Ficción) es mucho más ambigua y sutil. Para empezar, rompe como lo hace la recién estrenada Exit through the gift shop con cualquier frontera entre documental, falso documental y mockumentary; es absurdo perder un minuto en debatir si las peripecias de Nev, un enamorado a través de Internet a quien los realizadores Henry Joost y Ariel Schulman filman mientras intenta dilucidar qué hay de tangible en el objeto de sus desvelos, son verdaderas o no. El propio rumbo de los acontecimientos nos desvela que eso carece de importancia si hemos disfrutado del trayecto, y así le sucede a Nev y también al espectador. Una película de presupuesto mínimo, pretensiones cuasihumorísticas, apenas cuatro actores y tres localizaciones, que dice más sobre nuestra difícil relación con lo real y las vías de escape y alivio que los seres humanos nos buscamos (¿qué es si no el propio cine?) que cualquier película con pretensiones, aka Chatroom.
[ APERTURA]
Arranca la 43ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, que se celebrará entre los días 7 y 17 de octubre, y que cubriremos diariamente desde esta publicación.
Con motivo de la pasada edición, os comentábamos que la organización del certamen, coordinada por Ángel Sala, había optado por programar en cantidad no desdeñable películas ya exhibidas en festivales generalistas o no adscribibles al fantástico más reconocible para el aficionado; cine de autor como el que representaron Un Lac y Enter the Void.
Posiblemente, porque la cosecha de fantástico ortodoxo no había sido la temporada 2008-2009 demasiado brillante. Algunos se quejaron de ello. Para nosotros, la decisión dejaba en evidencia de por sí el delicado estado del género (y no olvidemos que esa es la función principal de un festival, brindarnos un panorama de la salud y las tendencias cinematográficas que constituyen su leit motiv), y de paso nos permitió ver un puñado de excelentes películas; lo que es de agradecer teniendo en cuenta que, habitualmente, uno tiene la oportunidad de ver cincuenta o sesenta en los diez días que suelen durar estos eventos, y para el recuerdo apenas quedan cinco o seis.
En cualquier caso, cada edición de un festival es un mundo y, en 2010, Sitges ha vuelto a apostar por el fantástico puro y duro. En palabras de la organización, “de manera coherente con nuestro tiempo y, a la vez, evolutiva en relación a lo que puede acontecer en un futuro cercano marcado por el desarrollo tecnológico y narrativo que estamos viviendo”.
Así, “la comunicación virtual”, “nuevas cinematografías emergentes” como la latinoamericana y “los mecanismos expositivos del género” pretenden ser la tónica de estos próximos días. Aunque, todo hay que decirlo, las intenciones “nunca conservadoras” de la organización se dan de bruces con ciertas realidades.
La primera que, en las diversas secciones de esta 43ª edición, abundan los títulos más que estrenados en sus países de origen (y por tanto fácilmente descargables, aunque quede mal apuntarlo), lo que dice mucho sobre la increíble capacidad de reacción de los piratas internáuticos… y sobre la discutible decisión de llenar las salas Auditori, Prado y Retiro con imágenes en parte “viejas” y predecibles; se observa poca capacidad de riesgo en la selección, una apuesta por valores seguros que puede estar relacionada con la crisis económica.
La segunda que, junto una mecánica organizativa cada vez más engrasada e iniciativas tan interesantes como los premios honoríficos a Richard Kelly, Joe Dante, Kim Ji-woon, Mick Garris y otras personalidades; la recuperación en pantalla grande de clásicos como El Resplandor; la edición del entrañable diario del festival (que cuenta este año con un colaborador de lujo, Tonio L. Alarcón); y el auspicio de libros como Profanando el sueño de los muertos (obra del propio Ángel Sala), nos topamos con los habituales trapicheos de corte regionalista y estratégico.
Entre los cuales podemos incluir la proyección de Héroes el sabado 16 de octubre (una propuesta que sólo podríamos tachar de fantástica en atención a su almibarada relectura de los años ochenta españoles en clave Los Goonies), así como la elección de la película de apertura, Los ojos de Julia; producida entre otras innumerables compañías por Televisió de Catalunya, y encuadrable en eso que hemos definido en alguna ocasión como “cine fantástico para quienes aborrecen el fantástico”, ejemplificado en la pasada edición por The Road. A partir de la sugerente historia de una mujer con problemas oculares degenerativos que trata de averiguar por qué se suicidó su hermana gemela (víctima de la misma enfermedad), Los ojos de Julia trata de contentar a todo el mundo a base de homenajes, bandazos genéricos —del melodrama casi almodovariano al giallo propio de Dario Argento— y una resolución formal relamida, lo que termina desembocando como era previsible en la indiferencia absoluta y hasta la sonrisa del espectador.
Hay, sin embargo, dos aspectos a retener de Los ojos de Julia. Por una parte, la insólita consagración de Belén Rueda como renovada exponente de heroína gótica a lo Olivia de Havilland o Barbara Steele (recordemos El Orfanato o El Mal Ajeno). Por otra, los esfuerzos del co-guionista y director del film, Guillem Morales, por concretar en pantalla esa “arquitectura del horror” sobre la que escribió Jake Mohan a propósito de Alfred Hitchcock, y que tanto contribuye sin que el público lo aprecie de modo consciente a la creación de atmósferas y escalofríos. Morales ya demostró su pericia para ello en su primer largo, El habitante incierto (2004); aunque, en aquella ocasión, la delectación de la cámara con los rincones, las esquinas y los espacios casaba más con las inenarrables peripecias de su protagonista (Andoni García) de lo que sucede en Los ojos de Julia; una película con demasiados productores para su propio bien.
Mañana, toda la información sobre lo que han dado de sí los compases iniciales del certamen. Aunque no queremos concluir nuestra crónica de hoy sin dedicar un cariñoso recuerdo a Óscar Brox, uno de los mejores críticos ahora mismo en activo, que no podrá asistir al festival en 2010 debido a otro tipo de obligaciones. No está uno muy seguro de que seamos en Sitges todos los que estamos; pero, sin Óscar, desde luego que no estamos todos los que somos.
-Diego Salgado
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