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No es otra estúpida película española
En Los viajes de Sullivan, uno de los grandes clásicos de la comedia norteamericana, Joel McCrea encarna a un director de cine empeñado en hacer películas que cuenten las desgracias de los menos favorecidos y que ayuden a concienciar al resto de los mortales. Puesto que sus mecenas consideran que no ha vivido suficientes penurias como para retratarlas, decide prescindir de todo su dinero y convertirse en un indigente durante unas semanas.
En un momento de su odisea, en la que encontrará un compañero de aventuras tan apetecible como la rubia Verónica Lake, el director se verá rodeado de vagabundos en un campo de trabajo, que ríen a carcajada limpia ante un cortometraje con el perro Pluto. Y descubrirá, entonces, la luz: el drama social es una ostentación de la clase alta, para comunicarse con un sector que no quiere oír hablar de su “vivir cada día”. La comedia, desnuda y sin coartadas, es la forma más efectiva de cambiar las injusticias del mundo, o al menos, de hacerlas más llevaderas. Al menos así lo veía Preston Sturges, una opinión autorizada.
Basta con echar una mirada a nuestro alrededor para empezar a preocuparse. La industria del cine español está altamente pagada de sí misma. Las mismas películas que acaparan premios y reverencias en festivales (aquí vemos como, nuevamente, los papeles más sufridos son las plataformas más suculentas para intérpretes de todo calado) y son recibidas como miel sobre hojuelas por la prensa especializada, en otras latitudes no son capaces de despertar más que encogimientos de hombros, por no hablar de una batería de bostezos meritorios. Algo nos está pasando: tal vez hagamos cine únicamente para nosotros mismos, para solventar nuestras carencias morales y cubrir la cuota de compromiso cívico. Qué lástima. El cine es algo más que eso, o al menos debería serlo.
La única salida que imagino podría ser insuflar algo de auténtico sentido del humor a esta industria tan gris y encallecida: la misma capacidad para la automofa que tiene el cine yanqui o, sin ir más lejos, nuestros vecinos los franceses. ¿Qué tal recoger todos los tópicos de estas películas en una megaparodia sin límites, que derrumbara los muros de la corrección política haciendo apología del chiste burdo y de la irrisión descerebrada? Puede que todavía no estemos preparados para ello, pero sueño en el momento en que una bomba semejante arrase las carteleras, acumulando denuncias y sembrando las calles de ruidosas manifestaciones de airados voluntarios de ONGs. Sí, señores, eso sí que sería hacer cine social como Dios manda.
Y entonces, tal vez, haya llegado la hora de dejar de dormir tranquilos.
-Pablo Vázquez
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