Alejandro Amenábar

¿Podríamos entender Ágora como una ampliación del campo de batalla planteado en Mar Adentro entre Ramón Sampedro y el Padre Francisco, quienes debatían en extremos opuestos de una escalera sobre la libertad personal y la tendencia de los oscurantismos religiosos a condenar a la hoguera a personajes inquietos como Hipatia [interpretada en Ágora por Rachel Weisz]?

->En realidad, ya Los Otros (2001), mi tercer largometraje, trataba en el fondo sobre el agnosticismo. Con Mar Adentro me fui sumergiendo en el ateísmo, y Ágora es una película escrita definitivamente por un no creyente. Lo que no creo es que haya sido un proceso consciente, que cada una de esas películas haya constituido el eslabón de una cadena que tirase de mí hacia una posición determinada. Ágora, en principio, es una película sobre la astronomía, sobre una ciencia y sus consecuencias intelectuales. ¿Qué pasa? Que en cuanto empiezas a estudiar la historia de la astronomía, te das cuenta de que plantea una pregunta básica: “¿Dónde estamos?” Y eso choca de frente contra una visión religiosa que ha tendido tradicionalmente a hacernos creer que somos el centro de atención de cualesquiera divinidades. Es decir, volvemos al tema del ateísmo y la religión, y puedo ver que es el tema que subyace en mis tres últimas películas. Pero, insisto, no se trata de algo consciente, premeditado.

Cuando empezaste tu carrera, con títulos como Tesis (1996) o Abre los Ojos (1997), se te adjudicó una etiqueta de realizador de género, concretamente fantástico. Con cinco películas ya en tu haber, se aprecia otra cosa, un intento por recurrir a géneros variados (terror, fantasía, biopic, péplum) con los que el espectador está familiarizado, para darles una vuelta de tuerca con cierta intención ideológica.

->Creo, a ver si esto no suena mal, que mi cine es contemporáneo, moderno, en el sentido de que trata sobre cosas que están ahí, presentes en nuestra sociedad; hasta Ágora, que se desarrolla hace dieciséis siglos, en realidad pretende hablar sobre nosotros. Eso puede implicar una mirada renovada sobre lo tradicional. Ahora bien, en cuanto a las formas, el modo que yo busco para conectar con los espectadores es bastante clásico, y lo clásico se mueve a través de los géneros: el musical, el western, el terror… yo, al contrario que otros cineastas de hoy, no siento un vacío a la hora de seguir esa ruta marcada por los clásicos porque la amo y creo que la conozco, la he mamado como espectador y la he disfrutado. Creo que conozco las claves de sus diferentes registros. Y, además, como para mí el cine tiene mucho de “viaje hacia”, y más en el caso de Ágora, que se ha llevado cuatro años de mi vida, nada mejor que un cambio constante de género para aumentar esa sensación de descubrimiento, de repensado de cada género que transito.

Dices que Ágora pretende hablar sobre nosotros, sobre el hoy. ¿Y qué quiere decirnos al respecto?

->Que estamos en una época de cambio, de transformación. Todo ha entrado en cuestión, en decadencia, se pierde el rumbo; hay una suerte de desconcierto vital y cultural que puede inducir cambios. No necesariamente para peor, aunque debemos recordar que siempre que las democracias han estado en crisis se ha producido un auge de los extremismos, vuelven a surgir de debajo de las piedras los defensores de esas doctrinas totalitarias que prometen que todo volverá a funcionar bajo sus órdenes. En ese sentido, no me importa decir que Ágora, entre otras muchas cosas, es una reivindicación de la democracia.

Es interesante lo que dices, porque supone la defensa activa de ciertos valores en los que se asienta nuestra sociedad. Una actitud artística que no suele verse, con un componente cívico.

->Hombre, sé que es peligroso que entremos en esos términos porque en el cine intervienen muchos parámetros, emocionales, de truco, pues las películas son ante todo un gran engaño, un maravilloso engaño. De modo que si empiezas a utilizar el cine como herramienta ideológica, puedes echarlo todo a perder. Yo confío en que, si bien es cierto que en mis películas cada vez se traslucen más aspectos políticos, un posicionamiento evidente ante ciertos temas, no olvidan nunca lo fundamental: hablarle al público de la realidad, de la fantasía que también es real, de ellos mismos. Curiosamente, en esta cuestión me encuentro escindido, pues cuando empecé tenía muy claro que el cine era algo completamente lúdico, ajeno a ideologías, y mi camino como director es una muestra clara de que estoy cambiando mi manera de pensar.

¿Cómo se afronta en 2009 una película sobre la Historia Antigua, un péplum? Aunque el género ha ofrecido en los últimos años ejemplos como 300 o Troya, se ve ligado irremisiblemente a su era dorada, hace medio siglo. ¿Te ha guiado la cinefilia, la curiosidad, el ansia de experimentar…?

->Una vez te has dado cuenta de que lo que estás escribiendo es un péplum, porque transcurre en la Alejandría del siglo IV, porque hay romanos y egipcios y cristianos, no tienes más remedio que recurrir a la tradición cinematográfica, es un paso obligado revisar el pasado para echar la vista hacia delante. Mateo Gil [co-guionista y director de segunda unidad en Ágora] y yo volvimos a vernos todas esas películas, lo que no supuso ningún trauma porque lo cierto es que títulos como Ben-Hur, Espartaco o La caída del Imperio Romano me encantan. También películas sobre la vida de Jesucristo, incluso películas de las décadas de las que hablamos que no eran péplums, por captar cierta atmósfera relacionada con el auge del género

Hoy por hoy, a esa cinefilia es obligado sumarle el rigor histórico...

->Por supuesto, actualmente no puede ser de otra manera, el rigor histórico, el apoyo de especialistas y asesores. Al menos con el proyecto que yo tenía en la cabeza. Necesitábamos saber cómo eran las bibliotecas de Alejandría, la fisonomía de la ciudad, una labor ingente de documentación que incluyó recorrer físicamente los escenarios donde vivió Hipatia. De esta manera, la experiencia referencial, que tan útil nos había sido para dar con una estructura, empezaba a transformarse en un viaje en el tiempo que pretendía otorgar vida propia, orgánica, al proyecto. Desde el momento en que estás pisando el mismo lugar en el que estuvo Hipatia, la conexión pasa a ser emocional, obliga a una reconstrucción fiel de esa realidad que tuvo lugar. Ya no se trataba de hacer una “película de romanos”, sino de revivir en la pantalla un tiempo determinado.

En Ágora, das bastante importancia a las doctrinas y elucubraciones astronómicas de Hipatia, hasta el punto de que hemos de estar atentos si no queremos perdernos el contenido de más de una y de dos escenas de la película. ¿Eres consciente de lo que estás pidiendo a los espectadores?

->Quizás Ágora es la película en la que más desafío la inteligencia del espectador, en la que de manera más clara le invito a pensar. La exhaustividad con que se muestran las investigaciones de Hipatia es fundamental para contrastarla con los métodos de sus oponentes, los revolucionarios cristianos. Y, por otro lado, nace de un sentimiento muy elemental, que deseaba quedase bien claro en el resultado: mi fascinación por el cielo estrellado, por la inmensidad nocturna, que despierta en mí una serie de preguntas que no tienen respuesta inmediata. De ahí surge mi pasión por la astronomía, y de ahí que Ágora sea un homenaje a todas esas personas que a lo largo de la Historia han mirado al cielo o más allá del cielo y se han preguntado algo: Hipatia, Galileo, Newton, Einstein. Evidentemente, también hay un fondo trascendente en la astronomía, puesto que, como te decía antes, mirar al cielo te hace preguntarte: “¿Dónde estamos?” “¿De qué va esto?” En el fondo, todos los sabios que he citado no hacían más que buscar a Dios, o a ese orden cósmico que otros identifican con Dios. Por tanto, Ágora no tiene empacho en ser una lección, esa lección de astronomía que yo nunca tuve, y que va mucho más allá en su sentido de lo que son las constelaciones. Supongo que habrá espectadores que no entren, no estén interesados en entrar en la mente de Hipatia, pero espero que al menos sí sientan la pasión, la emoción que traen aparejados sus descubrimientos.

Hay otra cualidad de Hipatia que resulta igualmente atrevida: su sosiego filosófico, que impregna las imágenes de Ágora. El espectador puede que esté esperando acción y sentimientos en cascada, y sin embargo se va a topar con una narración que aboga, dando ejemplo, por la calma y la reflexión.

->Desde luego, en las crónicas antiguas se dice que Hipatia era un caso modélico de sosiego y contención y, en general, era una cualidad que se exigía en la época a cualquiera que pretendiese dedicarse a los estudios filosóficos y científicos; una moderación en la vida pública y privada, y en el modo de aplicar sus enseñanzas. El único posicionamiento intelectual honesto pasaba por respetar esas cualidades de Hipatia y transmitirlas; las emociones surgen de la razón, nunca dejamos que sean la acción y la violencia las que marquen las impresiones del público. Además, no hacemos más que cambiar la perspectiva para que el público sea siempre consciente de lo relativo de cuanto se está tratando, a veces de manera fanática, en la película. Quienes están dando sus vidas y tomando las ajenas en nombre de unos ideales no son más que hormigas en una canica que va dando vueltas silenciosamente por el espacio.

Hipatia, como otros personajes tuyos, lleva el control y la razón hasta extremos que la hacen infeliz y que la alejan de quienes la rodean. Podríamos decir de ella que es una fanática de la razón. Parece que los antagonistas a tus personajes principales no son siempre contemplados como elementos negativos, sino como portadores de unas pulsiones primarias, liberadoras aun de manera oscura, que tus protagonistas no se permiten.

->Concretamente en Ágora, el mundo cristiano debía ser presentado de una manera seductora para que el público comprendiese por qué terminó acabando con el Mundo Antiguo y dando paso a la Edad Media. Por tanto, era lógico prestar a sus portavoces un atractivo carismático, impresionante. Por el contrario, cuando uno está defendiendo argumentos de una manera razonable, apelando a la inteligencia, y ve que no calan, se produce una gran frustración. Ramón Sampedro insistió mucho en ello sin ser escuchado: “mi razón es mi conciencia”. ¿Que tanto Ramón como Hipatia pueden acabar pareciendo atrincherados, por así decirlo, en la razón? Quizás, es algo que como cineasta puedo comprender: necesito un grado de locura que me dará la creatividad, pero desde luego no puedo permitirme ser excéntrico, debo tener claros mis objetivos y no apartar nunca sus ojos del horizonte del sentido común. El tiempo es oro en la vida, y el tiempo es oro en un rodaje, si no tienes eso en cuenta tu experiencia diaria en el plató se convertirá en un “se nos ha escapado la toma” o “no la hemos podido hacer”, algo que no tiene nada de atractivo ni de emocionante.

Esta película es una superproducción, y tendrá su dosis de cálculo inevitable en los aspectos de distribución y marketing. Sin embargo, creo que en líneas generales es una propuesta bastante atrevida. ¿Has pensando en su repercusión popular, confías en que una película hasta cierto punto abstracta y volcada en la reflexión como Ágora encuentre un acomodo firme en la cartelera?

->Espero que me creas cuando te digo que no tengo ni idea de si Ágora va a tener éxito o no. Yo siempre busco hacer la película que me gustaría ver como espectador, y a la vez soy consciente de que he crecido y que, por tanto, ahora mismo hay muchas películas en la cartelera que me habrían gustado cuando tenía veinte años y, ahora que tengo treinta y siete, ya ni me planteo el verlas. No sé hasta qué punto habrá espectadores para Ágora, qué tipo de espectadores pueden ser… He de añadir que el gran coste de la película ha sido sufragado por completo a nivel europeo, no hemos tenido ninguna financiación procedente de la industria de Hollywood, y eso afectará al impacto mundial de la película, hay canales de los que no dispondremos con tanta facilidad. No olvidemos esta época de crisis a muchos niveles, que radicaliza las miradas y liga un presupuesto como el empleado en Ágora a franquicias sobre superhéroes, acción y poco más. Un drama como Ágora es lo que los norteamericanos llaman una película “out of the box”, inclasificable; eso hace de ella una especie única, pero también difícil de colocar en el mercado internacional. Tengo, más que nada, curiosidad por saber cómo va a funcionar, me dirá muchas cosas sobre la proyección actual del cine, sobre las posibilidades de ciertas propuestas. En cualquier caso, me alegro muchísimo de haberla hecho, y con ello no me estoy adelantando un mal resultado en taquilla, sino que me reafirmo en lo que pensé cuando todavía no sabía si la haría o no: “si mañana me pilla un coche y me mata, ¿qué película me hubiera gustado más dejar atrás? ¿Una de aventuras, o Ágora?” La respuesta es Ágora, por supuesto.

Dada la envergadura de la producción, sería interesante que nos comentases tu relación laboral con Mateo Gil, no solo guionista sino director de segunda unidad en Ágora; la persona en la que más te habrás apoyado para superar el reto que debe haber supuesto concretar esta película.

->Mateo y yo somos amigos y, pese a nuestras diferencias, era quizás la única persona en la que podía confiar plenamente en un tema que iba a llevar en solitario (el guión, claro, lo escribimos conjuntamente), como era el de la segunda unidad. Le di total libertad, y había días en que le comentaba “deberíais estar vosotros en la primera unidad y nosotros en la segunda”, dada la calidad de lo que había rodado a diario. Mateo es muy concienzudo y muy perfeccionista, y de hecho muchos de los planos que podéis ver en el trailer de Ágora son suyos, magníficos. Por añadidura, la confianza que me ha proporcionado Mateo ha sido vital para que por fin yo aprendiese a hacer algo imprescindible en el cine, que es delegar, una asignatura pendiente para mí hasta la fecha.

Te definías antes como un director clásico. ¿Cuál es tu opinión sobre esas mutaciones del cine que proclaman algunos, esas supuestas revoluciones que traen consigo la alta definición y lo digital?

->El cine, como todo, evoluciona, y está muy bien que lo haga. Soy el primero en pensar, por ejemplo, que el vídeo digital acabará imponiéndose al celuloide, aunque hoy por hoy no creo que pueda darse la batalla entre ambos formatos por concluida. Nosotros mismos consideramos rodar Ágora en vídeo digital, como ha hecho Michael Mann con Enemigos Públicos, pero nos dimos cuenta de que nuestra película no funcionaba así, no resultaba convincente. En todo caso, creo que la opinión de un artista sobre las derivas del medio en que se expresa queda clara a través de su propio trabajo. Yo, en el mío, me opongo activamente a lo que se está considerando más actual y respetable, ese tipo de narración improvisada con cinco cámaras en mano y focales largas, que practican con resultados similares buenos y malos directores. Y no es que no se pueda hacer, es que no puede convertirse en un estándar y esclavizarnos a todos. Quiero ser libre para utilizar la cámara en mano como para utilizar la grúa y la steady cam, quiero ser libre para recrear la realidad no a través de planos cortos y borrosos sino de lo que pasa en cada plano, de la composición y el montaje.

A lo mejor las mutaciones del cine no tienen tanto que ver con los formatos como con la progresiva desaparición de lo que constituía su lenguaje, cuya práctica parece condenar por anacrónico a quien todavía lo domina.

->Estoy de acuerdo. Hay una sensación generalizada de muerte de la narración, ha llegado un momento en el que se considera tiene la misma intensidad cualquier acontecimiento que dispongas en pantalla, sin importar la relevancia para el personaje y, como consecuencia, para el público. Se filma igual cómo un tipo saca las llaves del bolsillo, entra en su coche y lo arranca, que ese coche explotando; se emplean los mismos barridos, la misma duración del plano, los mismos cortes, provocando la desaparición de los picos, los valles, los giros y las cascadas que constituyen una narración. Las imágenes entran por los ojos sin más, sin procesamiento de ningún tipo porque son todas indistintas cuenten lo que cuenten. Si volvemos a Ágora, en mi opinión el mérito reside en hacer una narración comprensible, deudora de ciertos latiguillos formales que ayudarán al espectador a seguirnos, y a la vez con la capacidad para situarnos como testigos directos, privilegiados, de lo que ocurre, con una atención especial por la geografía donde transcurre la acción. Más allá de que hayamos tenido éxito o no, detrás de Ágora hay un planteamiento formal muy elaborado que aspira a concretar muchas cosas.

¿Qué hay de los abundantes efectos digitales; qué tal ha sido, por así decirlo, tu relación con ellos?

->Muy buena, he estado muy involucrado en la post-producción con Félix Vergés, y siempre hemos procurado que el efecto digital fuera realista, verosímil y sólo el imprescindible. Soy muy escéptico, he de confesártelo, con respecto al uso de los efectos digitales, me pasa lo que con el vídeo de alta definición, creo que se está usando en ocasiones sin el rigor deseable. En este aspecto, Ágora también es una contestación artística a muchas películas de época que en los últimos años han abusado muchísimo de la imaginería digital creando perfectas imágenes pictóricas que, sin embargo, no ayudaban en nada a que la película en cuestión funcionase como cine, que es –volvemos a lo de siempre- lo importante. Eran imágenes falsas, y no ya por la calidad o no de los efectos, sino por los excesos de la cámara, esos movimientos imposibles que rompen por completo con la ilusión cinematográfica, pese a pretenderse otra cosa.

En cuanto al metraje de Ágora, ha sido reducido desde su proyección en el Festival de Cannes (140 minutos) a los 126 con que se exhibirá comercialmente. ¿Cómo has llevado este trabajo de recorte de última hora, y cómo vas a plantear la edición de la película en DVD, tú que no eres nada amigo de las versiones extendidas, recuperadas, del director, etc?

->Siempre he tenido la suerte de firmar el montaje de mis películas, pero eso no quiere decir que sea un enamorado de mis planos, soy muy consciente de que importa más el conjunto que la brillantez de ciertos momentos. Y, como dices, no soy amigo de jugar con el público con eso de las versiones varias de las películas. Por eso te digo claramente que la película que se estrenará el 9 de octubre es mía; los quince minutos que se han recortado han sido recortados por mí, con plena conciencia de por qué se cortan y asumiendo la responsabilidad. Por otra parte, yo testo todas mis películas desde Los Otros, las someto a visionados avanzados del público que me dan pistas de por dónde funciona o no la narración. En este sentido, Cannes no fue para Ágora sino otro test, y me proporcionó información muy útil sobre qué cosas podrían funcionar mejor si recortaba esos minutos, es algo que creo sé valorar. Razonablemente, Ágora es ahora la misma película que se vio en Cannes, con algo menos de información histórica. Y la edición en DVD contendrá ambas versiones; o, mejor dicho, la estrenada en cines y otra más extendida que tampoco será concretamente la vista en Cannes, porque quiero seguir trabajando en ella con vistas a que funcione mejor. Date cuenta de que al festival llegamos con la película recién salida de la sala de montaje, no puede considerarse en ningún caso definitivo lo que se vio allí.


[PaginaI] Cuando empezaste tu carrera, con títulos como Tesis (1996) o Abre los Ojos (1997), se te adjudicó una etiqueta de realizador de género, concretamente fantástico. Con cinco películas ya en tu haber, se aprecia otra cosa, un intento por recurrir a géneros variados (terror, fantasía, biopic, péplum) con los que el espectador está familiarizado, para darles una vuelta de tuerca con cierta intención ideológica.

->Creo, a ver si esto no suena mal, que mi cine es contemporáneo, moderno, en el sentido de que trata sobre cosas que están ahí, presentes en nuestra sociedad; hasta Ágora, que se desarrolla hace dieciséis siglos, en realidad pretende hablar sobre nosotros. Eso puede implicar una mirada renovada sobre lo tradicional. Ahora bien, en cuanto a las formas, el modo que yo busco para conectar con los espectadores es bastante clásico, y lo clásico se mueve a través de los géneros: el musical, el western, el terror… yo, al contrario que otros cineastas de hoy, no siento un vacío a la hora de seguir esa ruta marcada por los clásicos porque la amo y creo que la conozco, la he mamado como espectador y la he disfrutado. Creo que conozco las claves de sus diferentes registros. Y, además, como para mí el cine tiene mucho de “viaje hacia”, y más en el caso de Ágora, que se ha llevado cuatro años de mi vida, nada mejor que un cambio constante de género para aumentar esa sensación de descubrimiento, de repensado de cada género que transito.

Dices que Ágora pretende hablar sobre nosotros, sobre el hoy. ¿Y qué quiere decirnos al respecto?

->Que estamos en una época de cambio, de transformación. Todo ha entrado en cuestión, en decadencia, se pierde el rumbo; hay una suerte de desconcierto vital y cultural que puede inducir cambios. No necesariamente para peor, aunque debemos recordar que siempre que las democracias han estado en crisis se ha producido un auge de los extremismos, vuelven a surgir de debajo de las piedras los defensores de esas doctrinas totalitarias que prometen que todo volverá a funcionar bajo sus órdenes. En ese sentido, no me importa decir que Ágora, entre otras muchas cosas, es una reivindicación de la democracia.

Es interesante lo que dices, porque supone la defensa activa de ciertos valores en los que se asienta nuestra sociedad. Una actitud artística que no suele verse, con un componente cívico.

->Hombre, sé que es peligroso que entremos en esos términos porque en el cine intervienen muchos parámetros, emocionales, de truco, pues las películas son ante todo un gran engaño, un maravilloso engaño. De modo que si empiezas a utilizar el cine como herramienta ideológica, puedes echarlo todo a perder. Yo confío en que, si bien es cierto que en mis películas cada vez se traslucen más aspectos políticos, un posicionamiento evidente ante ciertos temas, no olvidan nunca lo fundamental: hablarle al público de la realidad, de la fantasía que también es real, de ellos mismos. Curiosamente, en esta cuestión me encuentro escindido, pues cuando empecé tenía muy claro que el cine era algo completamente lúdico, ajeno a ideologías, y mi camino como director es una muestra clara de que estoy cambiando mi manera de pensar.

¿Cómo se afronta en 2009 una película sobre la Historia Antigua, un péplum? Aunque el género ha ofrecido en los últimos años ejemplos como 300 o Troya, se ve ligado irremisiblemente a su era dorada, hace medio siglo. ¿Te ha guiado la cinefilia, la curiosidad, el ansia de experimentar…?

->Una vez te has dado cuenta de que lo que estás escribiendo es un péplum, porque transcurre en la Alejandría del siglo IV, porque hay romanos y egipcios y cristianos, no tienes más remedio que recurrir a la tradición cinematográfica, es un paso obligado revisar el pasado para echar la vista hacia delante. Mateo Gil [co-guionista y director de segunda unidad en Ágora] y yo volvimos a vernos todas esas películas, lo que no supuso ningún trauma porque lo cierto es que títulos como Ben-Hur, Espartaco o La caída del Imperio Romano me encantan. También películas sobre la vida de Jesucristo, incluso películas de las décadas de las que hablamos que no eran péplums, por captar cierta atmósfera relacionada con el auge del género
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-Diego Salgado