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The Rolling Stones

De cabeza al infierno

Un artículo de Salva Contreras Marco || 01 / 7 / 2003

29 de Junio de 2003. Barcelona.

Ya pasa un cuarto de hora de las diez de la noche. El Estadio Olímpic de Barcelona es todo impaciencia, expectación, más de 60.000 personas saben que están a punto de vivir algo grande, y lo celebran haciendo la ola mejicana. De repente las luces del estadio se apagan y los acordes guitarreros de “Brown Sugar” abren las puertas del infierno. Ya están aquí.

Nueve horas antes, ocho personas de distinto pelaje y condición nos reunimos en un bar para iniciar el viaje que nos llevará al concierto de los Rolling Stones. En el cassette de la furgoneta Loquillo canta eso de “tu chaqueta de leopardo demuestra cierta inclinación de que tú sientes simpatía por los Stones”, mientras la costa brava se muestra apacible al lado de la carretera. Por fin llegamos a Barcelona, son algo más de las cinco de la tarde y, tras reunirnos con unos amigos, iniciamos la ascensión a Montjuic. El camino es como una especie de peregrinación iniciática, un “rocío” rockanrrolero en el que los trajes de faralaes se han tornado camisetas con la célebre lengua que en su día diseñó Andy Warhol.

Impacientes como estamos y aunque quedan cuatro horas oficiales para el comienzo de la actuación, apenas abren las puertas del Estadi Olímpic decidimos entrar y ocupar nuestros asientos. Aprovechamos para comprar camisetas y refrescar la garganta con cerveza, y, mientras pasan las horas, vemos como el estadio se va transformando en un auténtico hormiguero gracias al flujo humano imparable que ocupa las puertas de acceso y los pasillos. El efecto de movimiento continúo ya no parará hasta el final del concierto.

A las ocho y media de la tarde, cuando el sol ya no es ese enemigo pegajoso, comienza la actuación de los teloneros. Los Pretenders, comandados por una siempre atractiva Chrisie Hynde, ofrecen una actuación correcta, humilde, a la que le sobran algún fallo de sonido y la mitad del escenario. Cuando la banda termina tres cuartos de hora después, el público empieza a ponerse nervioso. Los que están sentados se incorporan y se vuelven a sentar, los que están en la barra esperando ser servidos miran de reojo al escenario por si acaso, los fumadores fuman más rápido y los del palco vip apuran el gin tonic. El reloj de estadio – junto a aquel famoso pebetero en el que nunca cayó la flecha olímpica – marca ya las diez de la noche. La multitud grita emocionada ante cualquier prueba de luz o de humo que parece indicar el comienzo de la actuación. Y por fin, en pleno delirio de impaciencia, Keith Richards sale al escenario, se encorva sobre su guitarra y da comienzo el circo del rock’n’roll.

El inicio no puede ser más espectacular. La mítica “Brown Sugar”, con un Mick Jagger pletórico y sangoneril, da paso a otro himno, “Start me up”, y a continuación “You got me rocking” y “Don’t stop”. “Hola Barcelona, sou de puta mare” saluda Jagger con una imperfecta y deliciosa dicción. En este punto del concierto ya había aparecido sobre los músicos la inmensa pantalla que, entre otras cosas, emitía las imágenes de una minicámara situada en el mástil de la guitarra de Ronnie Wood. “Angie” ofreció el único momento sosegado del concierto refrendado por un mar de llamas de mechero, y de allí se paso a un “You can’t always get what you want” en la que Jagger consiguió transformar a la multitud asistente en un aceptable coro gospel. La extensa y tribal “Can’t you hear me knocking” sirvió para que los músicos se lucieran, y “Tumbling dice” dio paso a las presentaciones. Tras éstas, Mick Jagger desaparece del escenario y toma las riendas Keith Richards, con la cara surcada por los excesos y la pinta de un zombie vodoo de Nueva Orleans. Keith graznó, cómo él solo sabe hacerlo, dos de los pocos temas que ha cantado con los Stones: “Slipping away” y “Before they make me run”. Y de allí, los ya poseídos 60.000 estonianos llegamos al centro del infierno, al mismo Pandemonium, con la increíble “Sympathy for the devil” adornada por las enormes llamaradas que se imponían a la noche cada vez que los Rolling atacaban el estribillo. Si no teníamos claro que Dios existiera, lo que era seguro es que el demonio sí.

Un breve descanso, sin apenas bajar el ritmo, y los cuatro Rolling acompañados por el bajista Darryl Jones, se dirigen a un pequeño escenario situado en el centro del estadio. Allí interpretan dos versiones y un tema propio. La interpretación de “I just want to make love to you” del legendario Willie Dixon – mucho más cercana a Muddy Waters que a Etta James – les confirma como lo que esencialmente siempre han sido: una banda de rithm’n’blues. “Street fighting man” nos llevó a ese final de la década de los 60 cuando más gloriosa era la banda. Y “Like a rolling stone”, de Bob Dylan, ofreció uno de los momentos épicos de la actuación.

De vuelta al escenario grande al ritmo de las notas del “Gimme shelter”, toma el protagonismo – junto al inevitable Jagger – la voz y el físico espectacular de la corista Lisa Fischer, con su minifalda con corte lateral, sus piernas interminables, sus morbosos tacones y sus tonteos eróticos con el cantante. Siguió esa declaración de principios que es “It’s only rock’n’roll” y tras ella la barriobajera “Honky tonk woman”. Por fin, una lluvia de papelitos rojos acompañó las notas más celebres de la historia del rock surgidas de la mente arrugada de ese auténtico y único riff humano que es Keith Richards: “Satifaction” fue el final apoteósico a un desmadre que duraba ya dos horas. Los Rolling Stones desaparecen del escenario, pero los orates descosidos que abarrotamos el Olímpic sabemos que falta algo. Efectivamente, cinco minutos de descanso y los geriátricos rockeros vuelven para poner la guinda, el gran delirio colectivo: “Jumpin’ Jack flash”.

Y allí acabó todo. Seguramente nos hubiera gustado estar dos, tres, cuatro horas más. Pero casi que nos daba igual. Teníamos suficiente. Las cuatro horas de vuelta fueron de un silencio casi absoluto. Los ocho rendidos estonianos de la furgoneta, o estábamos durmiendo o pensando en lo que acabábamos de ver.

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