Quizás sea la pretensión o quizás una mera falta de inspiración lo que hace que la nueva incursión de León de Aranoa se quede en tímido retrato
Fernando León de Aranoa es lo que podemos llamar un ojo crítico que expone la soledad de la condición humana y la sitúa en un contexto social especialmente problemático. Familia, Barrio, Princesas o su más celebrada Los lunes al sol escudriñaban, bajo unas historias mínimas de desesperanza, los vericuetos de las clases desfavorecidas tanto a nivel sociológico como ético.
Ahora nos encontramos, después de un largo paréntesis, al regreso del realizador tras las cámaras para narrarnos la odisea de Marcela, una mujer latinoamericana que debe lidiar con las dificultades de su condición social para encontrar un empleo. Conseguirá un trabajo como cuidadora de un anciano que lleva el nombre que da título al filme, y se verá en una terrible encrucijada cuando la confianza de hombre y mujer se afiance para dejar paso a las confesiones malditas del primero. La segunda deberá elegir entre mantener su empleo o huir de la carga que le ha caído sobre sus espaldas.
Amador es una fábula-parábola sobre la inmigración y la necesidad, sobre la vida y la muerte y sobre la afectividad –o la carencia de ella- de nuestros días. Desde luego, sobre papel, historia y reflexión son fascinantes. Pero no produce la misma sensación su visualización. Aquí no hay princesas, ni barrio, ni lunes, ni familia, y sin embargo, encontramos gotas de cada filme anterior del realizador pues hay una princesa que deambula por un barrio, que construye una extraña relación fraterno-familiar y lucha contra las adversidades económicas. Debería este Amador ser una evolución lógica de sus esfuerzos pasados. Y lo es. Pero algo ha cambiado.
Quizás sea la pretensión intelectual o quizás una mera falta de inspiración lo que hace que la nueva incursión de León de Aranoa se quede en tímido retrato, plagado de diálogos existencialistas a la par que ridículos y secuencias innecesariamente prolongadas. Todo aquí denota unas pretensiones de menos es más, y es esta puesta en escena reducida a diminuta expresión que, junto con un nivel interpretativo siempre aceptable pero nunca nada más, lastra un desarrollo que podría haber sido mucho mayor.
Amador se queda en arriesgado cúmulo de anécdotas, propias de cuento benéfico, que empujan tragedia y comedia sin encontrar suelo fértil donde sus elementos se desarrollen con soltura. Pero claro, se quiera o no, estamos delante de un León de Aranoa que, aunque haya perdido fuelle, sigue removiendo conciencias y proponiendo duras anécdotas en base a un hiperrealismo de lo cotidiano e introduce la novedad: un simbolismo bello y bien dibujado por un lado, demasiado obvio y reiterativo por el otro.