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Guns and Roses: Pistolas descargadas, rosas marchitas - especial de musica
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Guns and Roses: Pistolas descargadas, rosas marchitas

Un artículo de MG || 15 / 9 / 2002

Caprichoso mundo, este de la música. Te levanta, te venera, te endiosa y luego te arrincona y olvida en una irracional decisión espontánea que habla de caducidad consumada. Algunos llegan a creer que son ellos quienes provocan el cambio, quienes adiestran a las modas que les conducen por los más variados lugares, quienes sentencian si este grupo es, ha sido o ha dejado de ser. Porque ahora lo que toca es "esto", lo que se escucha es "aquello", y lo que está de moda es "eso y que (encima) se baila de esa manera".

Puede que las cosas estén ahora peor que nunca. Todo lo creable parece creado, la fantasía Beatle para muchos ha prescrito y es más rentable practicar la reducción de música a ritmo, y contentarnos con que el ruido nunca acabe. Las grandes glorias están en estado vegetativo o contemplativo, con esporádicas intervenciones que llegan a confundirse entre una ciénaga de parásitos pachangueros, y que obtienen el respeto en la medida en que la lucidez de la radio y el imperio de los Ali-Bisbal y los 40 ladrones sigan teniendo a gente con un mínimo sentido común para no confundir negocios con irreverencia.

Nunca antes la música de verano se había convertido hasta este punto en género de culto, en una apuesta por la estupidez tan bien preparada y con un título -la infausta canción del verano- tan repartida merced a la gran cantidad de repartidores. Tener a un chalado bailongo de eterna sonrisa, proclamando a los cuatro vientos sus castizos deseos toreros, a un niño imberbe con aires de cantautor escupiendo frases inconexas, o a los pringados de siempre contentando al puñetero público quinceañero con su música de karaoke, es fácil y rentable. Incluso con pirateria de por medio.

Pero hubo una época, donde una pandilla de rebeldes pusieron la música a sus pies. Lo hicieron muy a pesar de sus desmanes e irreverencia. Y fueron ellos, y sólo ellos, los que decidieron acabar consigo mismos en una voragine suicida.

Welcome to the Jungle



Asomémonos al verano de hace diez años. Nos gustan los saltos en el pasado, esos simpáticos flashback tan didácticos y agradecidos para nuestra nostalgia. El verano olímpico del 92, los gustos de medio mundo eran bastante diferentes. Haciendo un repaso de nuestras categorías, en videojuegos la SuperNintendo preparaba la mejor época para su marca con una consola que marcaría un punto de referencia en cuanto al crecimiento del público aficionado a matar marcianos. En el cine, las disputas de taquilla y biceps de Schwarzennagger y Stallone todavía no habían terminado de aburrir a un sector de espectadores que aún no olía a deserción, y que seguía apostando por la acción como mejor forma de seguir el ritmo de las palomitas. En esta particular lucha, se seguían escuchando los ecos de la Terminator 2 del James Cameron pre-Titanic. Y estos ecos, llevaban el ritmo de ellos. De Guns And Roses.

Guns and Roses: Pistolas descargadas,  rosas marchitas

Y es que allí estaban como centro indiscutible de la atención musical, saboreando las mieles del éxito que les había dado su doble album Use Your Ilussion y que había recobrado el interés de sus anteriores discos, aquel Appetite For Destruction (posterior a la tentativa de "Live like a suicide") que suponía una muestra de rock moderno irreverente, cargado de fuerza y desacomplejado, que de embaucar a unos pocos pasaría a llegar a ese gran público que convertiría la cruz de portada, en insígnia para enriquecer el gran repertorio de merchandasing que iban a acumular pronto. Y un exiguo "Lies" donde destacaban sus vertientes transgresora y seductora (I used to love her/Patience) en representación de dos vertientes a la que se le unían sus elegidas "cover" (Mama kin', de Aerosmith)

Guns and roses era "lo máximo", y lo más extraño es como había llegado a serlo: infectando con sus letras venenosas a los más variados tipos de personas, ajenos a condiciones sociales, gustos anteriores, o aficiones musicales. Algo muy grande les estaba pasando. Más que probablemente, demasiado para ellos.

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