Esta bella , reposada y lúcida película del prolífico Kim Ki Duk –su último filme ha causado sensación en el Festival de Venecia, reportándole el premio al mejor director- se aleja de las constantes que han hecho del cineasta coreano una figura tan amada como repudiada por según qué intelectuales del cine.
Lo que si queda claro es que sus obras no dejan indiferente al público, y que una parte de éste se muestra ávida por descubrir las cualidades de su destreza narrativa. Y eso ya es decir mucho tratándose de un director que no lo pone nada fácil, sobre todo tras su ferviente inclinación por secuencias de lo más cruentas donde cabría destacar la violencia poética de La Isla, su primer estreno en nuestro país.
Sin embargo, en Primavera, verano, otoño, invierno ....y primavera el cambio hacia una belleza limpia abre caminos más gratificantes, marcados siempre por la exaltación del detalle, en lo que es una tendencia reforzada en mayor medida por el cine asiático.
Dando cuerpo a una hermosa fábula budista, esta discurre tranquila por las aguas de un lago rodeado de frondosos bosques. En él se sitúa un pequeño monasterio donde habitan un viejo monje y su joven discípulo. La frágil existencia del pupilo se verá personificada en cada una de las estaciones. Así, la primavera marcará el comienzo de las correrías del niño, momento en el que aprenderá de las consecuencias dolorosas de sus acciones. Ya en la estación estival conocerá otra clase de dolor en plena adolescencia, y así hasta completar su ciclo de maduración, siempre bajo la atenta mirada de su maestro.
Resulta sorprendente que una cinta tan parca en diálogos llegue al espectador con pasmosa facilidad, y es que la fuerza de su empuje reside en lo que no se dice, dado que, en ocasiones, basta una imagen para despertar sensaciones que van más allá del simple discurso. La narración se recrea en pequeños detalles que hacen que en conjunto la película se convierta en una soberbia interpretación del alma humana, mostrando con ello sentimientos tan complejos como la pérdida de la inocencia o los peligros de la vida material que llevan inevitablemente a la perdición. Todo ello plasmado desde la mirada distante de su director, que también participa como actor interpretando a un discípulo ya adulto.
Dotada de una poderosa fuerza visual y lírica, esta producción transpira poesía por todos los poros mientras atiende a la transformación del espíritu humano en cada estación vital. Considerado uno de los directores más valientes de la nueva hornada asiática, esperamos con impaciencia su nuevo estreno tras pasearlo con fortuna por el Lido Veneciano.