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No es otra estúpida película española

Diatriba al cine social

Un artículo de Pablo Vázquez || 09 / 8 / 2005

Carátula de Los Viajes de Sullivan

Normas para el buen cine social



Este subtítulo, que servirá de último apartado de este artículo, ya es de por sí engañoso. No existen normas para hacer una buena película social, y de haberlas, sería altamente sospechoso. Sin embargo, revisando aquellas películas más o menos comprometidas que me gustan si podría extraer algo así como un lema orientador. La más importante sería no ya el conocimiento sino la estrecha vinculación del autor con el tema elegido, y en segundo término, la voluntad de cambiar una realidad a través del cine.
No basta con retratar o denunciar, ya que una obra artística ha de ser siempre más ambiciosa. El mayor propósito ha de ser revolver el sistema, ponerlo patas arriba, escupir en la cara de los poderosos y remover plateas: el fin justifica los medios, porque, pese a quien pese, estamos hablando de arte. Unas intenciones que van mucho más allá que el despertar algo tan cómodo como es la solidaridad silenciosa del espectador sensible.

La única salida podría ser insuflar algo de auténtico sentido del humor a esta industria tan gris y encallecida: la misma capacidad para la automofa que tiene el cine yanqui o, sin ir más lejos, nuestros vecinos los franceses. ¿Qué tal recoger todos los tópicos de estas películas en una megaparodia sin límites, que derrumbara los muros de la corrección política haciendo apología del chiste burdo y de la irrisión descerebrada?


Basta con echar una mirada a nuestro alrededor para empezar a preocuparse. La industria del cine español está altamente pagada de sí misma. Las mismas películas que acaparan premios y reverencias en festivales (aquí vemos como, nuevamente, los papeles más sufridos son las plataformas más suculentas para intérpretes de todo calado) y son recibidas como miel sobre hojuelas por la prensa especializada, en otras latitudes no son capaces de despertar más que encogimientos de hombros, por no hablar de una batería de bostezos meritorios. Algo nos está pasando: tal vez hagamos cine únicamente para nosotros mismos, para solventar nuestras carencias morales y cubrir la cuota de compromiso cívico. Qué lástima. El cine es algo más que eso, o al menos debería serlo.

La única salida que imagino podría ser insuflar algo de auténtico sentido del humor a esta industria tan gris y encallecida: la misma capacidad para la automofa que tiene el cine yanqui o, sin ir más lejos, nuestros vecinos los franceses. ¿Qué tal recoger todos los tópicos de estas películas en una megaparodia sin límites, que derrumbara los muros de la corrección política haciendo apología del chiste burdo y de la irrisión descerebrada? Puede que todavía no estemos preparados para ello, pero sueño en el momento en que una bomba semejante arrase las carteleras, acumulando denuncias y sembrando las calles de ruidosas manifestaciones de airados voluntarios de ONGs. Sí, señores, eso sí que sería hacer cine social como Dios manda.

Y entonces, tal vez, haya llegado la hora de dejar de dormir tranquilos.

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