“Henge: dícese de una entidad invisible o animal que puede adoptar apariencia humana para engañar, hacer trampas o comer, como los tanuki (unos tejones fantásticos de grandes testículos del folklore nipón)”. Mediante este concepto vinculado a la religión sintoísta, un director novel, como Hajime Ohata, ha decidido llevar a cabo su propia visión del mundo de estos seres metamórficos en un singular mediometraje de ritmo acompasado, cuya evolución y desenlace del mismo resulta sorprendente por su tesitura apocalíptica.
Un barrio residencial de Tokio. Una pareja joven que acaba de mudarse. El marido empieza a sufrir cambios en su organismo: primero parece una simple posesión, por lo que deciden llamar a varios médiums, pero los rugidos internos, sobre todo de noche, albergan un misterio más profundo que se hospeda en su interior y que amenaza su propia condición y existencia como ser humano. La mujer intenta protegerlo y esconderlo de las autoridades, pero muy pronto la metamorfosis se volverá irremisible e incontrolable, y más cuando adopte tendencias antropófagas para alimentarse. El problema se agravará cuando empiece a crecer de tamaño e invada la metrópolis japonesa. Es en este instante cuando lo que aparentemente era un extraño filme amateur, sin demasiadas pretensiones más allá de presentar a esta categoría de “yôkais” (seres de apariencia monstruosa que han quedado estancados entre el mudo celestial y el terrenal) y asustar un poco, se convierte en un magnífico tributo al “kaijû eiga”, que por definición son esas producciones de extraños monstruos gigantes que surgieron después del primer filme de Godzilla (Ishirô Honda, 1954). Por lo tanto, y en tan solo 54 minutos de metraje, pasamos de un largometraje reposado, con tensión acreciente y que por su minimalista puesta en escena (los recovecos e interiores de la vivienda conyugal y algunos callejones colindantes) nos transmite una sensación de filme “indie”, a una producción apocalíptica al más puro estilo del “neo-kaijû eiga” producido en la primera década del nuevo milenio, pero amplificado al máximo por una banda sonora que bebe de muchos estilos: desde el Kenji Kawai más atmosférico (para la primera media hora) al Michael Giacchino más rimbombante del “ending” de Monstruoso (J.J. Abrams, 2008). Es por estas virtudes que el filme ha surgido de su anonimato y, poco a poco, se ha ido posicionando como uno de los pequeños “sleepers” del año del cine nipón.
Aunque no sea una ópera prima, pues Ohata debutó con el cortometraje The Big Gun (un thriller en que dos hermanos se meten en un buen lío con la “yakuza” y que también realizó el pasado año como carta de presentación), sí podemos apuntar que este realizador, que ha decidido emprender una aventura en el competitivo mundo del séptimo arte de su país, ha sabido cautivar de buenas a primeras con este relato fantástico-terrorífico. Si sus siguientes proyectos siguen la misma línea ascendente que Henge (2012), le auguramos un futuro brillante dentro de la industria autóctona. Con él, resulta esperanzador pensar que en este último año hayan surgido varios cineastas nipones que apuntan nuevas maneras y narrativas en sus trabajos debut. Sin ir más lejos, Naoyoshi Kawamatsu nos ha sorprendido en Undertaker (coming soon en esta sección), al ser una propuesta arriesgada y sosegada que ofrece un punto de vista alternativo a las ya aburridas infecciones zombies o, mejor dicho, a la moda por los infectados, por culpa de alguna enfermedad extraña y que funciona a la perfección porque nunca se aclara el origen de la contaminación. En Henge tampoco se aclara el misterio, de donde procede la criatura que lleva a la transformación, pues el relato empieza con el matrimonio integrado en la alta vida tecnificada japonesa. Y es este otro de los puntos a favor de un gran mediometraje que vuelve a demostrar que con talento y un poco de originalidad se puede construir una historia que se adentra en distintos géneros cinematográficos: tiene una parte romántica (de fidelidad a la pareja), otra de terrorífica o gore (también por la estima que siente la esposa por su marido) y de fantástica (por la manera en como se desenvuelve el clímax final). Además, nunca antes se había tratado a los henge ubicándolos en la contemporaneidad, en el entorno urbano, lo que de por sí ya demuestra la voluntad innovadora del realizador para encontrar nuevas fórmulas con las que seducir a los espectadores con temas muy arraigados en la cultura arcaica nipona. Temas que quedan plasmados y difuminados en poco menos de una hora de intensas emociones y reacciones. Y esto, sí que es un logro: condensar en poco metraje una idea que fascina por su lejanía cultural.