Un bosque tétrico, un misterioso despertador, un hombre solitario y una cabaña en medio de ninguna parte; con estos cuatro elementos Joko Anwar (uno de los nombres clave de la cinematografía indonesia actual) presenta un filme de terror minimalista, mediante un juego macabro llevado al extremo y situado en la mente de su protagonista: un padre de familia que, por voluntad propia (aunque de entrada, él no lo sabe), vive inmerso en una pesadilla de proporciones dantescas.
¿De qué sirven los teléfonos móviles si te despiertas amnésico en medio de un matorral y no dispones de cobertura? Esto es lo que le sucede a un hombre relativamente joven al despertarse en mitad de la nada, en las profundidades de una selva frondosa que no consigue identificar, y cuya confusión inicial le provoca flashes en la memoria, como si de pequeños “déjà vu” se tratasen, sin que pueda encajarlos de forma coherente para reconstruir su pasado reciente y entender que narices hace en ese oscurantista lugar inhóspito. Su desorientación y deshidratación se traducen en jaquecas y una inestabilidad generalizada en su cuerpo: pérdida del equilibrio, náuseas y una sensación de no poder controlar la situación. Hasta que en el interior de una cabaña halla un video revelador de su existencia en el mundo real; un video macabro en que presencia el asesinato de lo que podría ser su esposa y la huida de dos niñas que, como es de presuponer, deberían ser sus hijas. ¿Quién podría osar cometer semejante salvajada? ¿Y sí el asesino rondará por ahí y justificase sus acciones por pura venganza contra ese padre de familia que padece amnesia y ahora se encuentra a la deriva?
Las imágenes macabras que se proyectan en el breve fragmento de filme pueden entenderse como de una falsa “snuff movie”, una recreación filmada de un asesinato (real para el protagonista, ficticio para el espectador). Especular sobre el origen certero de esos fotogramas bañados de sangre es un “leit motiv” que motiva al personaje a encontrar respuestas a lo que está presenciando, además de aturdirlo, si cabe, aun más. Su estado de salud mental va empeorando, a pesar de saber que debe luchar consigo mismo, contra sus miedos, y más sí piensa que sus hijas andan descarriadas por ese bosque y quiere protegerlas del “psyco killer”. Esa noble acción, de pretender saber la verdad e intentar salvar a una persona amada, ha sido una recurrencia argumental que otras cinematografías (como en Hollywood) han explotado sobremanera, pero resulta interesante comprobar como hay un par de producciones, que comparten temática pero no estructura métrica, que se asemejan a esa idea de desconcertar al espectador con el hallazgo de una “snuff movie”: Hardcore (1979), con una puesta en escena más clásica y sólida de la mano del gran crítico de la cultura contemporánea norte-americana Paul Schrader; y Asesinato en 8mm (1999), que no dejaba de ser una traslación “mainstream” de la idea expuesta en el filme de Schrader por parte del siempre irregular Joel Schumacher. La lucha inicial de los protagonistas que conforman ambas pelis (en la primera George C.Scott, interpretando a un fundamentalista religioso calvinista en busca de su hija adolescente, y en la segunda de un correcto Nicolas Cage, que siendo detective privado recibe un peligroso encargo) se parece relativamente a la del personaje (prácticamente único y principal en la función) de este intenso juego fílmico, que el realizador sin pretenderlo ha rodado en inglés para trastornar al espectador (eso es lo que nos comentó en Sitges 2012).
En los mencionados thrillers todo se presenta de forma lineal, un poco como en Tesis (1996), aunque solo encuentro paralelismos entre la aclamada producción Alejandro Amenabar y esta sorprendente producción indonesia por la fealdad de algunas de sus secuencias, su retorcida representación manierista de la realidad que vive el atormentado protagonista e incluso por su descarnada violencia. Sin embargo en Modus Anomali hay un trasfondo que va mucho más allá de la simple búsqueda de la verdad, pues la sed de venganza del asesino nos revela motivos mucho más oscuros, relacionados con un macabro y extremo experimento que puso en marcha el desesperado padre de familia para vivir al límite. Por esta razón, Anwar ha preferido construir un relato minimalista, cuya matriz son los silencios y los sonidos ambientales, con muchas escenas sin diálogos y con un tempo medio que a veces se ralentiza demasiado y puede provocar cierta pérdida de concentración a esos espectadores no habituados con estos ritmos narrativos (curiosamente, el cine de terror de Indonesia actual suele ser más dinámico). No podemos hablar de una producción tediosa, pero es recomendable visionarla en un momento del día en que uno no esté muy fatigado mentalmente, sino caeremos en el riesgo de que nuestras mentes puedan jugarnos malas pasadas y sumergirnos en ese inevitable estado de somnolencia que nos impida recomponer las piezas del puzle hasta el clímax final. Lo que sin duda sería como perderse el desenlace de un partido de fútbol en que ambos equipos van empatados en el minuto 90 de juego. Por suerte, el espectador no debe esperarse hasta el tiempo añadido para conocer las sombrías respuestas que envuelven a este malsano relato, construido a la inversa, de la Indonesia onírica y macabra.