Propuesta arriesgada y sosegada que ofrece un punto de vista alternativo a las ya aburridas infecciones de zombies, o mejor dicho, a la moda por los infectados, por culpa de alguna enfermedad extraña que se vuelve mucho más extraña y paranoica cuando su origen es incierto, como sucede en Undertaker (Naoyoshi Kawamatsu, 2012). Con él nos encontramos ante un interesante mediometraje que, a pesar de contener un ritmo algo exasperante en su parte central, progresa hacía un enérgico clímax final y un desenlace abierto con vistas a su posterior traslación a largo de mayor empaque visual.
Todo empieza con la mirada perdida de un niño en su apartamento, esperando a que lo recojan bajo protección militar, junto a su compañera, mientras observa como su madre yace moribunda en el fondo oscuro de una habitación por razones desconocidas. El toque de queda se ha decretado por todo el archipiélago japonés y los civiles deben ir acompañados por algún militar si quieren desplazarse. El autobús escolar arranca y se desata el pánico entre sus viajeros; alguien estaba contaminado y provoca un accidente. El chico pierde el conocimiento, no sin antes comprobar como le empiezan a salir unas extrañas protuberancias a su amiga. Fundido en negro. Después de haber sido recogido por un enigmático hombre de mediana edad y de entrenarse físicamente durante toda su adolescencia, ha encontrado su camino en la vida: ha abierto un lucrativo negocio para todos aquellos que buscan a sus seres queridos desaparecidos durante la primera infección; les ofrece la posibilidad de traerles una parte de sus cuerpos, a escoger, a cambio de una módica suma de dinero. Pero en la búsqueda no irá sólo, pues de forma simbólica le acompaña una polilla que viene a representar a esa amiga de la infancia que perdió a consecuencia de esa extraña patología infecciosa.
Por ser una ópera prima, Naoyoshi Kawamatsu ha conseguido trazar un buen punto de inicio para una posible extensión del relato, que sería necesario para profundizar en algunos aspectos que quedan en la superficie y que el espectador debe intuir (algo que no desentona con la mística del mal que siempre emana de las producciones de terror niponas). El único problema es que le falta un poco de definición estilística, pues en algunos aspectos recuerda a Down to Hell (1997), el filme piloto que hizo Ryuhei Kitamura y que luego inspiró a su posterior Versus (2000). En unos escasos sesenta y cuatro minutos, Kawamatsu fusiona e integra los estilos formales de Kitamura, Kiyoshi Kurosawa (por los ambientes y la manera en como se mueven los espectros y zombies, en consonancia con el clima apocalíptico en el que viven) y un poco del Yûdai Yamaguchi de Meatball Machine (2005), por el espíritu indie y la ferocidad acelerada de los (pocos) enfrentamientos entre el chaval y los monstruos (algo que también suele darse en muchas cintas del radical Shinya Tsukamoto). Se evidencia, pues, el gusto de Kawamatsu por el nuevo movimiento nipón gore / cyberpunk del nuevo milenio, con reminiscencias directas a la “nueva carne”, al que podría pertenecer sí finalmente opta por decantarse por este género.
Lo único que tal vez debería corregir es el ritmo extremadamente lento que, en vez de insuflar ese dinamismo que necesita una producción de estas características, la ralentiza hasta la saciedad. Para un mediometraje de poco más de una hora de duración no sería precisamente lo adecuado. Es como si estuviera construida en un largo “pillow-shot” y le faltase un poco más de consistencia argumental, pues la historia podría haber dado mucho más de sí (y la dará si decide ampliarla en un largometraje, algo que no descarto). El tiempo nos dará la razón, pero de momento tenemos un primer bocado de lo que es sin duda una nueva promesa para el cine underground japonés y un buen banquete para los cinéfagos que adoran a los zombies, igual que estos con nuestras entrañas. No fue la gran sorpresa del pasado año del cine nipón, pero si una bocanada de aire fresco ante tanto blockbuster pueril. Y quien sabe, tal vez, e igual que Hajime Ohata con Henge (2012), sea el detonante para que otro realizador novel encienda la mecha para una nueva ola, real y tangible, que oxigenaría de forma necesaria la industria del séptimo arte nipón, estancada de forma alarmante en adaptaciones de mangas, extensiones de TV-Doramas o cintas de género de bajo presupuesto “direct-to-video”. Una buena infección, como la que aparece en el filme, les iría de maravilla.