A principios de los años 90, cuando el rugido de la bestia animada japonesa empezaba a sentirse en Occidente, nos llegaban mediometrajes (más conocidos como OVA’s, producciones o mini-seriales destinados a la venta doméstica) y largometrajes que nos seducían por sus temáticas paracientíficas de concomitancias futuristas. Eran los tiempos en que los anime para adultos de extrema calidad copaban la atención de una cinefilia joven o de esos otakus que conectaban con estas historias de ciencia ficción anticipativas. Dentro de ese grupo de producciones de animación japonesa con pedigrí, hay una cinta, algo desconocida por estos lares, que con el tiempo se ha convertido en una obra de culto: Roujin Z (1991), un extraordinario y divertidísimo anime en el que se planteaba el eterno dilema de la mala praxis tecnológica en la alta tecnificada sociedad japonesa por parte de una clase política autoritaria, así como las maneras naturales que tenían los ciudadanos para subsanarla. Un anime que cuenta en su plantilla con nombres de la talla de Hiroyuki Kitakubo (como realizador), Katsuhiro Ôtomo (como guionista del manga en el cual se basa y creador de los diseños mecánicos) y el desaparecido Satoshi Kon (encargándose del diseño artístico).
Imaginaos que se inventara una revolucionaria máquina que, a través de sensores, pudiera conectarse a un humano con problemas de movilidad o discapacidad y le hiciera todas las funciones básicas, sin depender de una persona externa. Esta especie de sofisticado engendro mecánico es el que pretende patentar y comercializar una gran empresa nacional junto con el gobierno japonés, a principios del siglo XXI. Y el encargado de probar el primer prototipo es un pobre abuelo que vive recluido en su pequeño apartamento y que sus familiares han dejado al cuidado de una muchacha que está sacándose la carrera de asistenta social. La joven no quiere que los últimos días de ese inocente anciano estén conectados a una máquina y, junto con la ayuda de sus compañeros de universidad y de unos viejos con conocimientos de informática que viven en una residencia cerca de las inmediaciones, evitarán a toda costa que el abuelo termine enchufado al aparato, y más cuando se comunique y pida ayuda a través de unas primitivas computadoras con internet. El problema se agravará cuando se fusione con el robot de marras y obtenga entidad independiente de los controles centrales de la empresa, iniciando un viaje hasta Kamakura para rencontrarse con su vieja amada. Una alocada persecución empezará por las carreteras secundarias de la prefectura de Kanagawa para evitar males mayores, hasta llegar hasta el famoso Daibutsu (el Gran Buda) de la zona, que cobrará protagonismo en un imprescindible desenlace algo caótico.
Podríamos traducir Roujin Z como “Viejo Hombre Z”, siendo un título que viene a dotar de cierto simbolismo conceptual a los objetivos reflexivos de la película, pues ese pobre jubilado, que está siendo víctima de los experimentos de un gobierno supeditado a un lobby tecnológico, no deja de ser un pobre conejito de indias en manos de una autarquía gubernamental que, de forma demagógica, pretende facilitar la movilidad y el servicio de las personas de la tercera edad, pero que en realidad solo busca un beneficio económico para engrandecer sus arcas, a través de la implantación de esa máquina que está al servicio de personas de edad avanzada con problemas de movilidad o enfermedades degenerativas, y una vía para no romper el nivel de productividad de la sociedad japonesa. Una crítica no exenta de polémica, pues cuando la cinta se estrenó, el boom tecnológico y la burbuja inmobiliaria estaba en los picos más altos, petando al cabo de dos años (el crack del 93 en la bolsa japonesa fue similar a la terrible recesión del año 2008 en Occidente); algunos sociólogos ya apuntaban los nuevos retos a los que la sociedad japonesa debería enfrentarse en el nuevo milenio: el envejecimiento de la población nipona y el poco crecimiento demográfico por culpa de una sociedad demasiado competitiva y capitalista, cuyos jóvenes vivirán supeditados a las jornadas laborales y a la falta de tiempo y espacio para formar familias.
Por suerte este apocalíptico vaticinio no se ha cumplido a rajatabla como preveían algunos expertos a mediados de los años 90, pero sí que el nivel de individualidad de los nipones ha provocado un freno natural en la natalidad de la primera década del siglo XXI, que ahora parece estar corrigiéndose. Es por lo tanto una suerte recuperar este anime anticipativo, cuyo título ha sido homenajeado e incluido en la penúltima novela del ya anciano escritor y sociólogo Kenzaburô Ôe (¡Adiós, Libros Míos!) para parafrasear el abandono y el desaprovechamiento de muchas personas de la tercera edad ante una degeneración y involución tanto física como mentalmente que, como en el filme de Kitakubo, se hace patente a medida que envejecimos. Pero del mismo modo que el cuerpo envejece más prematuramente del que quisiéramos, el alma permanece por encima de cualquier estímulo mecánico o extra-sensorial hasta el último de nuestros alientos, incluso más allá del mundo terrenal.
Ediciones disponibles: editada en Francia en DVD y Blu Ray por la distribuidora Kaze en una edición inaudita que incluye el audio original en castellano y catalán de la época.