Un filme que intenta hallar su punto divergente en la manera como se enfoca la clásica historia de personajes derrotados.
Que un largometraje venga precedido por el renombre de su realizador no significa que vaya a ser el súmmum de su originalidad, y si encima su título (engañoso, pero irónicamente sarcástico con el nivel de mediocridad productiva de una gran mayoría de cintas de acción procedentes de la cinematografía tailandesa de los últimos años) no hace honor al contenido temático o argumental que pretende vender, puede provocar cierta decepción, malestar o, incluso, la irritación de esos espectadores que adoran el cine de artes marciales rodado en cualquier punto del continente asiático.
Pero ya se sabe viniendo de Yuthlert Sippapak, uno de los cineastas claves para entender la nueva ola cinematográfica tailandesa del nuevo milenio, y su prosaico formulismo estilístico, amparado por la comedia chabacana, el horror autóctono y ciertos clichés del cine de acción. En Bangkok Kung-fu (2011) vuelve a unir este triunvirato genérico para demostrar que sus extravagancias fílmicas aun pueden resultar sorprendentes, a pesar de que el script y la sintaxis narrativa no sean precisamente uno de sus puntos fuertes. Cinco chicos, mafiosos que trafican con niños y órganos, un “si fu” importado de Shaolin y una secta que adora la leyenda china de “sun wukong”. Una “kai-jiaw” (tortilla tailandesa) ligera, pero condimentada con muchas especies.
De Kung-fu, poco; de romance, bastante; y de secuencias secundarias y “pillow-shots”, unos cuantos y prescindibles. Dicho así, muchas esperanzas no deberían depositarse ante un largometraje muy atípico (como los relatos que suele brindar Sippapak) y que desde su promoción ya resulta tendenciosamente engañosa. Pero que quieren que les diga, después de repasar la filmografía de este realizador nacido en la década de los 60 (en donde solían rodarse como promedio una setentena de producciones locales), a uno no se le hace raro topar con un filme que intenta hallar su punto divergente en la manera como se enfoca la clásica historia de personajes derrotados, machacados por un opresor (en este caso, el relato de unos niños que fueron secuestrados para ser entrenados como asesinos y que de mayorcitos buscan cobrarse su venganza), y que a base de entrenamiento consiguen plantar cara a sus enemigos (¿les suena el cine de la Shaw Brothers?). Y no solamente plantan cara a una serie de mafiosos tontorrones y una secta más propia de un manga “shônen” que no de una película de artes marciales, también deciden plantar cara a esas circunstancias personales que les ha tocado vivir desde jovencitos: cuatro tienen un hándicap físico y solamente la fraternidad que les une, junto al respaldo de una muchacha que aspira a convertirse en cantante de pop profesional y que a ratos les ampara emocionalmente, les permitirá seguir unidos en un viaje insólito.
El problema principal radica en que Sippapak ha querido mezclar demasiados ingredientes para una receta que en el fondo era muy básica de cocinar.
Es en este contexto de intimidad cuando el filme funciona, pues no deja de teñirse en torno a una serie de personajes solitarios, que buscan reconciliarse consigo mismos y con el mundo en general. También de relaciones humanas y de recuperar un pedacito de ese pasado que les fue arrebatado.
Seguramente, el problema principal radica en que Sippapak ha querido mezclar demasiados ingredientes para una receta que en el fondo era muy básica de cocinar: cine de tortas con su ya clásica estructura clásica. Pero como ni parte de una estructura narrativa conservadora (esas transiciones temporales entre plano y plano; esos montajes en paralelo a medida que se acercan los sectarios primates en manada), ni su objetivo era la de ofrecer un filme de kung-fu al uso (de hecho, los últimos quince minutos no se cierran con esos típicos enfrentamientos inacabables, sino que son utilizados para cerrar esos frentes personales que cada personaje aun tenía abiertos), no podemos considerar Bangkok Kung-fu como una producción que se englobe dentro del género de artes marciales. Y puede que mejor, pues observando y repescando los trabajos previos de su realizador (altamente recomendable visionar February), sería muy chocante encontrarse con un filme de género tipificado puro y duro, sin esos juegos léxicos que se salen de las reglas preconcebidas, y, porque no decirlo, de lo políticamente correcto, y que han sido los responsables de dotar de cierta entidad a su cine.
Aceptamos que no sea su mejor trabajo, de acuerdo, pero sí una arriesgada propuesta que busca abrir el cine de acción a nuevos paladares que nunca se hayan aproximado a él por pereza, prejuicios o por considerarlo un género de baja estofa. El reino de Siam no sería lo mismo, ni sin este filme, ni sin la obra previa de Yuthlert Sippapak, un nombre a retener y analizar en próximas entregas de esta sección invisible, igual que la gran mayoría de sus obras y del cine tailandés actual.
Ediciones disponibles: editada en Estados Unidos en DVD (zona 1) por Lionsgate con el nombre aun más engañoso de Bangkok Assassins, en una edición sencilla que por lo menos lleva subtítulos en español.