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Anime Nippon (vol.12): Puedo escuchar el mar

Un artículo de Eduard Terrades Vicens || 25 / 8 / 2014
Pantalla Invisible

Los espectadores afines al anime o al cine asiático suelen asociar el Studio Ghibli a Hayao Miyazaki. Pero más allá del otrora fundador del estudio de animación japonés más conocido y reputado a nivel internacional, existe una retahíla de animadores surgidos en el seno de la compañía con el mismo talento que el creador de Porco Rosso (1992). Curiosamente, Miyazaki, después de haber presentado esta película sobre un aviador italiano que, preso de una maldición, termina convertido en un cerdo, con influencias directas del cine italiano de los años 60, delegó un pequeño proyecto a Tomomi Mochizuki (uno de sus pupilos aventajados). El resultado fue Puedo Escuchar el mar (1993), un relato estudiantil ubicado en la ciudad costera de Kôchi (isla de Shikoku) en la que se narra, de forma muy estereotipada, la pulsión romántica entre un adolescente conformista y una aprovechada muchacha que, por desatención familiar, se niega a madurar (tema central en el que se incide en todo el metraje).

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La historia arranca en la estación metropolitana tokiota de Kichijôji, cuando un joven adulto se dispone a coger el tren y lo deja escapar porque al otro lado del andén advierte de la presencia de una vieja cara conocida: una muchacha que le recuerda a una compañera de su instituto con la que mantuvieron un idilio sentimental durante un breve período de tiempo. En ese instante, el corazón le da un vuelco y su mente retrocede melancólicamente a sus días de estudiante en su ciudad natal de Kôchi, disfrutando con sus compañeros de los últimos días que pasarían juntos en la “high school” antes de emprender vidas separadas y de entrar en la universidad. Y es rememorando el viaje de final de curso cuando su memoria logra poner nombre y apellidos a esa chica que se ha topado en la estación tokiota, recordando como tuvo que sacarle las castañas del fuego en más de una ocasión, dejándole dinero para que pudiera ir a Tokio con el objetivo de reencontrarse con su padre o como tenía que exculparla ante sus compañeros de clase ante la reticencia por parte de ella de aceptar su nueva situación familiar y la aprensión que sentía hacía las gentes de Kôchi y su dialecto.

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Basada en la novela Umi ga Kikoeru de la desaparecida escritora Saeko Himuro y estrenada directamente en la televisión japonesa en la primavera de 1993, siempre se ha venido considerando como una obra menor dentro del Studio Ghibli, ya sea porque no pasó por salas de cine, ya sea por su reduccionista argumento (visto mil veces en otros mangas o anime de la época). Lo cierto es que el esfuerzo por tirar adelante este proyecto a punto estuvo de dar un disgusto a Miyazaki y al propio director del filme, pues el empeño que le pusieron por llegar a tiempo, según los acuerdos pactados con el canal de televisión, hicieron enfermar a Mochizuki, que al final tuvo que guardar en cama ante las constantes bajadas de tensión provocadas por las maratonianas sesiones de trabajo (lo que se conoce en Japón como la enfermedad de fatiga por trabajo). Sí bien es verdad que al venir condicionados por el plazo de entrega, y que el tiempo los apremió, tuvieron que acelerar el proceso de animación. Eso se nota en algunas partes del metraje: la apresura con la que animaron algunas secuencias y montaron la cinta deja entrever cierta falta de pulcritud que afecta el resultado final. Tal vez con un poco más de margen hubieran podido corregir ciertos huecos que faltan para llenar el guión, y que en el film fueron suplidos con elipsis argumentales muy forzadas.

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Por momentos, parece más un panfleto turístico encargado por el gobierno local de la prefectura de Kôchi, que no un filme propiamente conceptual del Studio Ghibli. Sin embargo, eso no impide su disfrute y sus imágenes incluso invitan a uno a descubrir este topónimo alejado de las grandes multitudes de las principales ciudades japonesas. Solo por esto, y por ser, al fin y al cabo, otra fantasía animada del estudio que tantos buenos momentos nos han hecho vivir, ya vale la pena darle un visionado. Tal vez, y de forma nostálgica, algunos desentrañen de sus memorias ciertos pasajes agradables de cuando iban al instituto, de cuando empezaban a tontear con sus amigos/as; recuerdos enterrados en el subconsciente que, si bien no se los ha llevado el mar (como le sucede al ingenuo protagonista), sí lo ha hecho el inevitable paso del tiempo.

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Ediciones disponibles: editada aquí en DVD por Aurum.

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